Recuerdos

La vuelvo a mirar, aunque lo la veo.

No tengo nada de luz aquí dentro. Creo que llevo 6 horas, no estoy seguro. Sólo se que son más de las dos de la tarde: mi estomago ha protestado un par de veces. Sospecho que son las tres como mínimo.

 

Otra vez intento verla; sólo la conozco por el tacto y su música. Me ha costado reconocer la melodía.

 

Cuando desperté (no se si desperté o recobré el conocimiento) no vi nada.  Creo que estoy en una habitación cerrada. Todavía no lo puedo asegurar. Anduve dos pasos, mi pié golpeó algo. Busqué a ciegas en el suelo guiándome  por su sonido. Al fin la conseguí, era mía. Dentro de la oscuridad tenía algo que sonaba. Palpándola noto que es rectangular. Es una caja, cierro la tapa y deja de sonar. Es una caja de música.

 

Miré donde tenia que estar el techo, no esperaba ver nada y sólo vi oscuridad.

– Vuélvela a abrir – dijo una voz detrás de mí.

– ¿Quién eres? – me giré lentamente, no pude ver de donde salía  la voz.- No te veo.

– ¿Qué prefieres que sea? ¿Una alucinación o un recuerdo? ¿Me recuerdas?

– ¿Quién eres?

– Abre la caja.

 

Obedecí. La caja volvió a sonar. Canturreé con ella, me sonaba mucho la canción.

-¿Dónde estoy? ¿Qué es esto?

 

Silencio.

 

Con la caja en mi regazo avancé con miedo, algo me paró en seco, mejor dicho algo paró a mi nariz. Sentado sobre el suelo noté como mi sangre resbalaba hasta mis labios.

-¿Es un sabor familiar?

-¿Quién eres? ¿Qué hago aquí?

 

Si, era un recuerdo, reconocí la voz. Si, el sabor era familiar, es curioso o al menos me lo pareció: mi sangre sabía igual que la suya.

– ¿Soy una más? Me juraste que era la primera.

– Estas muerta.

– Quizá sólo vivo en tu recuerdo.

– Eso es lo que digo: estás muerta.

– ¿La canción también es una más?

– Es nuestra canción. ¿Te acuerdas? La cantamos, la bailamos….

– Quédate con ella.

– Es nuestra canción, eras mía mientras sonaba….

 

No me ha vuelto a hablar. Ahora empiezo a recordar. He decidido que es una alucinación. Nunca estuve con ella, nunca fue mía, nunca la violé, nunca la maté….

 

Sólo me queda esperar que alguien abra la caja donde estoy recluido o que se acabe la cuerda de mi caja de música… Creo que prefiero que se acabe nuestra canción.

Aunque no este orgulloso

Del relato de esta semana no estoy especialmente orgulloso: no lo escribí con ganas, no pasaba una buena situación personal/profesional. Un cuento para rellenar el expediente del taller.

Creo que estos motivos me hacen creer que es malo, aunque ahora releyéndolo después de más de cinco años, piense que es regular.

Seguro que vosotros podéis valorarlo en su justa medida.

Conversación real

Carol es una amiga, concretamente la novia de un buen amigo

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Carol:a mi es que con pelo largolo que me gustan son los heavys guapos

;.)

yo: me has llamado feo por toda la cara

Carol:no

yo: que hija puta

Carol:tu no eres heavy

que yo sepa

no te dedicas a cantar

ni a tocar

ni na de eso

yo: ah

Carol:jajaja

joer como eres tu nunca has sido heavy

a ti te mola el rock

yo: si canto heavy entoncessoy guapo y me queda bien el pelo largo?

no contestes

Enviado a la(s) 17:38 el jueves

Carol:pero tienes que cantar bien

un ejemplo

a mi me gusta leo

par aque veas un ejemplo

leo jimenez

yo: si

Carolina Arroyo Padilla:te parece bien no?

yo: para ti la perra gorda

Carol:joer si no me das coba no bormeo bien

paco que me quedan 15 min

pues si te sientes incomo saca otro tema

yo: feo y canto mal, cuandoquieras acabas de matarme, para que no sufra, ok?

Carol:Joer estas sensible

yo no hablaba de ti

solo he puesto un ejemplo

y he opinado que no me gustabas

yo: si eso ha quedado claro

Carol:con el pelo largo

perdon es que ha venido mi jefe

y no podia escribir

yo: ya ja

Carol:joder

Peces de Colores

– ¿Me puedes hacer un gran favor?

– Depende…- Respondió Pojk, aunque sabía que pidiese lo que le pidiese Maía, él lo haría.

– ¿Puedes cuidar unos  peces?

– Vale… pero ¿tú tenías peces? No me suena.- Pojk por un momento se sintió descubierto; desde la  ventana que daba al patio interior podía controlar visualmente casi toda  la casa de Maía.- Quiero decir que no me habías dicho que tienes peces… ¿Te vas de vacaciones?

– ¡Qué va! Si he empezado a currar hace dos semanas, no creo que este verano tenga un día de vacaciones. ¿Sabes cuantas bolsas de hielo he vendido hoy? Más de doscientas. Menos mal que dentro de la gasolinera se está bien, no son normales los setenta y cinco grados que estamos teniendo este verano.

– Ya te digo, el verano pasado no pasó de los setenta.

– Bueno, lo que decía: los peces no son míos, son de mi sobrino. También  tendrías que ocuparte de él…

– ¿Es un Jisoul? ¿Cuántos años tiene? ¿Cuántos peces le quedan?

Maía asintió con tristeza.

– Si, es un Jisoul. El lunes que viene vendrán los Poadles. Le quedan tres peces.

– No me puedes pedir que lo cuide. Es un putadón ¿no me podías haber pedido un poco de sal o aceite? Mi hermano era un Jisoul- miró al suelo para evitar que Maía viese que le saltaba una lágrima-. El último de sus peces murió poco antes de que llegasen los Poadles. No quiero ver eso otra vez.

– Por favor, tengo que trabajar y no puedo estar con él, además es tan bueno… Seguro que sus peces aguantan. Aunque no se que es mejor.

La tradición khalure determina que un niño nacido bajo el signo Jisoul es candidato para convertirse en Poaldle. Éstos son los máximos representantes de la religión khalure. Cuando nace se entrega a sus padres un acuario con diez peces de colores,  el día que el candidato cumple cinco años los Poadles le hacen una visita y si alguno de los peces ha sobrevivido se lo llevan para empezar con su instrucción religiosa. Si todos han muerto, es potencialmente un Juald, por lo que deberá ser sacrificado para evitar que cuando crezca sea un enemigo de Khalure.

– Y sus padres ¿qué?

– Desaparecieron…

– Bueno, son sólo dos días. Pero no quiero responsabilizarme de lo que pase.

– Muchas gracias, te debo una.

Tres peces

Pojk bajó al apartamento de Maía.

– Pasa, Jisoul está en el salón. Seguro que os lleváis muy bien. Tienes dos ventiladores, no dejes que pase mucho calor. Ya sabes: puede que un día sea un Poadle y nos conviene llevarnos bien con ellos. Los peces están también allí, por ahora siguen tres. No hace falta que les des de comer, ya se encarga él todos los días.

– ¿Pero él sabe algo de todo esto?

– No, bueno, no creo. Es muy reservado, es difícil sacarle las palabras.

– Jisoul, cariño. Mira este es Pojk, va a estar contigo mientras la tía se va a trabajar.

Jisoul miró con recelo a Pojk.

– Hola, Jisoul. ¿Qué tal estás? Estás muy grande. ¿Cuántos años tienes?

– Estos.- Levantó tres dedos de su mano derecha, con la izquierda sujetaba un khalure-geis, el libro sagrado.

– Cariño, tienes cuatro años, mira.- Maía le cogió la mano y le obligó a levantar cuatro dedos – Ya  no eres un niño pequeño. Bueno, me voy a currar. Portaos bien los dos. ¿Jisoul, vas a ser bueno? No quiero que enfades a Pojk, ¿vale? Venga, dame un beso. Volveré sobre las doce, si no hay lío en la gasolinera.

Jisuol se pasó toda la tarde observando los peces, sin soltar el libro.

-¿Les has puesto nombre?

– Si, ese el mas grande se llama Jisoul.

– ¿Y los demás?

– Pez.

– Ah, voy a por algo fresco. ¿Quieres que te traiga algo?

– No, quiero que me hagas un barco para Jisoul.

– Ahora, no tardo nada.

Volvió de la cocina con una botella de whisky, un refresco y una cubitera llena de hielo. Jisoul le estaba esperando con unas hojas arrancadas del  khalure-geis.

– Pez se ha muerto.-  Uno de los peces flotaba inerte. – Creo que tienen mucho calor.

Jisuol vació la cubitera en el acuario.

– Así estarán más frescos. Hazme el barco- le acercó una de las hojas del libro sagrado.

Dos  peces

Maía volvió un poco más tarde de las doce.

– ¿Qué tal?

– Se quedó dormido hace un poco. Ha muerto un pez.

– Joder. Bueno quedan dos, ¿no? – Dijo Maía llorando.

Pojk subió a su piso y como todas las noches se sentó en la cocina con una cerveza observando las ventanas del piso de Maía.

Siempre, cuando acabada su jornada, Maia, bailadora de flamenco profesional, ensayaba con la esperanza de encontrar trabajo baliando. Pojk la miraba a escondidas, disfrutando de su arte y de su cuerpo. Si hacía mucho calor, Maía, se desvestía y baliaba semidesnuda. Este verano le estaba gustando mucho a Pojk.

Después de dos horas de prácticas, Maía se asomó a la ventana antes de que le diese tiempo a Pojk a esconderse.

– Baja.- le dijo.

Avergonzado bajó al piso de Maía. Le recibió llorando, semidesnuda. Pojk extrañado la abrazó.

– Ha muerto otro más. Jisoul y yo nos vamos. Mañana vendrán los Poaldles. Vente con nosotros.

– Nos perseguirán. Nos encontrarán y nos matarán. Seremos un protector de un Juald, sus enemigos.

– Nosotros nos vamos.

Jisoul apareció por la puerta del salón, metió sus manos en la pecera y sacó a Jisoul, el pez. Lo lanzó contra una de las paredes, estrellándolo.

Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid

O que el Papa visita España, más concretamente Madrid y muy cerca de mi casa (llevo viendo pasar peregrinos desde las diez de la mañana), voy a publicar otro cuento que escribí para el taller literario: Peces de colores.

¿Qué tiene que ver este cuento con el Papa?

Sinceramente, no mucho, pero si tiene que ver con las religiones: uno de los requisitos del concurso de esa semana es que apareciese un libro sagrado.

Cambié el catolicismo por la khalure y la Biblia por el khalure-geis.

Otro de los requisitos era una ola de calor, el verano cuando lo escribí fue como todos los años uno de los veranos más calurosos en ochenta años, como siempre dicen en la noticias.

No puedo decir que esté muy orgulloso del cuento, los escribí en un par de horas y en su momento crei que como esqueleto de un cuento estaba bien, pero que habría que reescribirlo, cosa que no he hecho.

Espero que os guste.

Cena fría

Salió del coche y  miró hacia la ventana del salón de su casa mientras pulsaba el control del cierre centralizado. ‘Las cosas cambian’, se repitió varias veces mientras andaba hacia el portal. Subió hasta el tercero recordando cuando ella nada más oír el sonido que le indicaba que él llegaba se asomaba a la ventana y se lo comía con los ojos. Ahora ni siquiera se veía luz a través de la ventana.

Intentó entrar en su casa de la forma más silenciosa posible. Fue al salón. Estaba tumbada sobre el sofá. Una manta la cubría de la cabeza a los pies. Sólo los dedos de los pies escapaban a su cálido abrazo. Destapó su cara y volvió a ver junto a sus ojos cerrados las mismas lágrimas que días anteriores. La besó en la frente y la arropó otra vez después de desechar la idea de llevarla en brazos hasta el dormitorio.

La cocina le trajo más recuerdos, miró en la puerta de la nevera, ninguna nota. Nada como: ‘te he dejado la cena dentro del microondas’ escrito dentro un corazón. Cada vez que se encontraba una de estás cuando llegaba muy tarde del trabajo, al día siguiente ella se despertaba con una rosa en la almohada. Recordó un día que estaba enferma, a él no le dio tiempo a preparar el desayuno antes de ir al trabajo, de camino al coche vio a un par de chicos y les dio 6 euros para que le comprasen un café en el bar y se lo subiesen. ‘Tonterías que haces cuando crees estás enamorado’.

‘Las cosas cambian’ pensó otra vez, aguantándose las ganas de llorar.

*******************

Quince meses habían dando mucho de sí: cambio de trabajo, de ciudad, de vida. Cuando llegó a Madrid decidió no hacer vida de ermitaño, saldría, intentaría conocer gente, ir de copas con sus nuevos compañeros de trabajo, disfrutar todo lo que pudiese. No tardó mucho en cambiar de planes, sintió que no encajaba entre la gente de su oficina y sus salidas nocturnas se limitaron a ir al video-club veinticuatro horas.

En uno de sus solitarios paseos por su nuevo barrio entró en la biblioteca municipal. Se hizo el carné. La soledad le empujaba a ir cada vez con mayor frecuencia: un libro le duraba un par de días.

Ya devorados todos los bestsellers, decidió empezar con los clásicos. Shakespeare y Hamlet tendrían que ser una buena elección.

En la portada de esta edición parecía un cuadro: una mujer muerta, ahogada en una especie de riachuelo con flores sobre su cuerpo. Dudó si llevárselo. Abrió el libro y buscó la referencia: Ofelia de Millais.

Levantó la vista y la vio.

–          Perdona, es que te pareces un… mucho a la mujer de la portada.

–          ¿Sí? A ver.

Enrojeció mientras le entregaba el libro.

–          Pensarás que te lo digo para ligar contigo.- dijo mientras pensaba: ‘Vamos chaval, ahora si que te has cubierto de gloria, sólo te falta tartamudear.’

–          Bueno, me han dicho cosas peores- contestó.- Peor hubiese sido que me hubieses pedido que te firmase el libro. Que mal rollo.

Los siguientes días la volvió a ver en la biblioteca. A la semana ya reunió el valor para invitarle a tomar algo. Salieron varios días. Ella también estaba sola en Madrid. Sentía que se estaban enamorando.

De repente un día desapareció, no cogía el móvil, en su casa no contestaba nadie.

Pasó un mes, todavía no se había hecho a la idea de que la había perdido cuando la volvió a ver en la biblioteca. Ella corrió hacia él, le abrazó, le besó ante su sorpresa. Decidieron vivir juntos.

Meses de felicidad, hasta la segunda desaparición.

Una nota en el frigorífico: ‘Te quiero.’ Otro mes sin saber nada de ella.

La volvió a encontrar en la biblioteca. Se mostró frío, pero accedió a seguir adelante con su relación.

–          No te lo puedo decir, no me creerías y no te quiero mentir.- le decía entre sollozos.

–          Desapareces durante semanas ¿y no me puedes decir donde vas?

***************

Se levantó. Ella no había dormido en la cama. Miró en el salón, tampoco estaba allí donde la había dejado la noche anterior. Corrió hacia la cocina y vio la nota: ‘Muy pronto volveremos a estar juntos. Te quiero’. Arrancó el imán y arrugó el papel. Lloró.

Todas las noches se despertaba sobresaltado, su imagen se apoderaba de sus sueños. La veía como a Ofelia en el arroyo, muerta, cubierta de flores.

Evitó ir a la biblioteca. Tiró su ropa, sus libros. Se planteó cambiar de ciudad, de trabajo, de vida.

Decidió tomarse unos días de vacaciones. Cogió el coche y viajó sin rumbo definido durante horas. Aparcó al lado de un bosque. Caminó entre los árboles siguiendo un riachuelo hasta que la encontró. La cogió entre sus brazos. Sintió el frío de la muerte en su cuerpo. Besó su boca semiabierta. Permaneció horas sentado junto a ella. Lloró, rió, cuestionó su salud mental.

Recogió un papel que flotaba sobre el agua. Leyó la nota y sonrió.

Volvió a su casa lo más rápido que pudo. Bajó del coche y miró hacia la ventana del salón. Cortó una rosa del jardín. Subió hasta su piso, dejó la flor encima de la almohada. Abrió el microondas y sacó un pequeño frasco.

Un poco de historia

Los relatos que estoy publicando surgen de mi participación en un taller literario on line al que me invitó una excompañera de trabajo, creo que fue la primera persona que me llamo friki a la cara y he de reconocer que me pillé un buen rebote. Lo acabé asumiendo y ahora pienso que te llame friki una persona que vive con muñecas muertas, miles de comics y amante del cine de serie B es todo un honor.

El taller consistía en escribir un relato cada mes de una longitud no superior a tres páginas y sobre un tema propuesto por el master, normalmente el escritor del relato ganador el mes pasado.

El siguiente post es el primer relato que escribí para el taller, el tema era un cuadro Ofelia en el agua  de  John Millais.