Casuales

    -¡Espere!- gritó el taxista.

    Kitty paró su carrera bruscamente y giró sobre sí misma, dejando la puerta de la terminal 4 a su espalda. Habitualmente no partidaria de usar taxis pero esta vez el trabajo, como otras muchas veces, se había complicado y el transporte público no era una opción para llegar a tiempo al aeropuerto.

    El conductor le hacía señales desde el interior del coche.

    “¿He pagado?”- se preguntó. Sí, había pagado, en su mano derecha todavía tenía el cambio y el ticket, con las prisas no lo había guardado, colgado de su brazo izquierdo la pequeña maleta donde había guardado su ropa de trabajo. “¿Qué será entonces?”

    Asomado a la ventanilla el taxista agitaba un objeto. Kitty lo reconoció y salió corriendo hacia el taxi.

    -Su paraguas, aunque parece que no lo va a necesitar – la cara del chofer reflejaba una mueca entre sorprendida y burlona.

    Los cuarenta grados a la sombra y el cielo totalmente despejado querían darle la razón.

    -Gracias, nunca se sabe cuando uno de estos va a ser útil- contestó Kitty seria.- Soy un desastre.

    Recogió el paraguas y le dió un euro en agradecimiento.

    -Muchas gracias de nuevo.- Salió corriendo hacia la puerta de la terminal.

    El taxista arrancó el taxi, no sin antes volver a devorarla con la vista. No había empezado mal el día: una carrera hasta el aeropuerto, un euro de propina y una clienta muy provocativa que se había cambiado de ropa en medio de la M-40. De bibliotecaria a chica sexy.

“Esas tetas se merecen una buena paja.”-pensó mientras se le calaba el coche.

* * * * *

    Pepper, nervioso, mira sin parar su reloj, saca el móvil de su bolsillo, lo enciende, mira la hora. Se levanta, estira su camiseta.

    “¿Se verá bien el dibujo?”- se pregunta mientras vuelve a mirar alrededor.- “¿Lo reconocerá?”

    Sigue buscando con la mirada a Kitty. Nada le da una pista de quién puede ser.

    Enciende el móvil de nuevo. Accede a la web y revisa sus mensajes.

    El último de Kitty: “Ok, a las 18:30 en salidas de la terminal 4. Tú el sargento Pepper, eres raro que lo sepas, y yo Hello Kitty. Bss”.

    Sentado ve pasar a docenas, cientos de candidatas a ser Kitty, pero ninguna parece serlo, algunas desea que no lo sean.

    -A sus órdenes, mi sargento.

Una chica rubia, vestida con una camisa blanca casi transparente y unos pantalones vaqueros cortos se cuadra con mueca divertida delante de Pepper. Señala el dibujo de la camiseta, es la portada del disco Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de The Beatles.

-Soy Kitty.- dice mientras agita un paraguas, lleva impreso un dibujo de Hello Kitty.

-Hola Kitty.

Pepper se levanta para darle dos besos. Kitty se retira, se gira y señala hacia los baños.

-Vamos.

Pepper la sigue con la mirada, Kitty se da vuelta y le ordena con sus ojos que le siga.  Obedece y entran en los baños. Ella se dirige al baño de mujeres, él se para. Le vuelve a ordenar con la vista que le siga.

Entran, no hay nadie.  Kitty abre la puerta de un váter, Pepper entra, se queda inmóvil, expectante. Kitty cierra la puerta, rebusca en la maleta, saca una pequeña bolsa y se prepara una raya de coca sobre la cisterna. Mira a Peeper.

-¿Tú no le das?- le pregunta.

    -No…- contesta Pepper

-Ya te dije: eres un tío raro.

Kitty esnifa con ansia. Cuando acaba se abre la camisa dejando ver sus pechos.

-Vamos.

Pepper se acerca lentamente. Kitty le mira con sonrisa burlona, va a su encuentro, busca su boca con sus labios. Sus lenguas juegan al escondite mientras la excitación de sus sexos va en aumento.

Pepper siente los pezones de Kitty en su pecho, los desea, los busca, nota su dureza entre sus dientes. Kitty le aparta, dirige sus dedos hacia las bermudas de Pepper, las baja lentamente: le espera una gran erección, juega con ella, primero con sus manos, después su labios luchan contra ella. Para.

-Tranquilo- le dice mientras se baja el vaquero. Pepper desea su sexo, lo acaricia, humedece sus dedos en su interior. Sus lenguas se vuelven a fundir.

-Vamos- le dice Kitty mientras le da un preservativo.

Pepper, nervioso, se lo pone y empieza el baile de caderas. Se sienten, se aman, se desean, acaban en un abrazo.

Pepper susurra Kitty: “¿Cómo te llamas?”

-Para ti: Kitty- contesta Kitty todavía excitada.

-Ya… Digo… bah, olvídalo.- Pepper la abraza más fuerte.

Kitty al sentir la presión, se revuelve, se zafa, le empuja, se separa de él.

-No lo vuelvas a hacer.- el  deseo de su cara se ha transformado en pánico.

-¿Qué…?- Pregunta Pepper perplejo.

Kitty le abofetea con todas sus fuerzas, una gota de sangre cae del labio de Pepper.

-¡Vete!- grita Kitty.

-¿Qué…?

-Vete o grito que me has violado.- chilla.- Vete…

Pepper se aleja de ella, la mira, está sentada sobre la taza mirando al suelo, se coloca la  ropa, coge su maleta y sale del váter.

* * * * *

Pablo salió corriendo del aeropuerto. “Está loca”, pensaba mientras buscaba un taxi. Su primer día en Madrid estaba siendo de lo más raro: sexo con una desconocida y amenazas de denuncia de violación. Durante el viaje a lo que iba a ser su residencia, no paraba de darle vueltas: “¿Y si me denuncia…? No, no sabe nada de mí, ni siquiera cómo me llamo… ¿Y a través de la web…? ¿Me pueden localizar?”

Lo primero que hizo nada más recoger las llaves fue conectarse a la web, el perfil de Kitty ya no existía, lo había borrado. Suspiró aliviado.

Siguió frecuentando la web de contactos con mayor o menor fortuna: la señorita Pocahontas tenía un culo increíble, repitieron varias veces. Peggy fue un auténtico fracaso, nada más identificarla en el centro comercial cerró su chaqueta escondiendo al Sargento Pepper e hizo mutis por el foro sin ningún remordimiento. Buffy con sus cruces, estacas y toda su parafernalia de cazavampiros, no era muy guapa pero sí muy viciosa. ¡Qué tetas tenía! Para perderse en ellas, dormir y nunca despertar.

No le iba mal: trabajo estable y sexo casual. “La felicidad está en estas pequeñas cosas” se repetía.

El otoño estaba siendo lluvioso, le gustaba caminar bajo la lluvia mientras veía a la gente correr despavorida buscando un refugio, le divertía. En uno de esos húmedos paseos vio un paraguas que le resultó familiar.

-¡Kitty!-gritó mientras corría detrás de él.

El paraguas se giró. Bajo él se ocultaba una chica, Pablo respiró aliviado, no era Kitty.

-Perdona, me he equivocado…-se excusó Pablo- una amiga tiene un paraguas igual.

-Ah, no pasa nada-respondió.-¡Cómo cae! Oye, una pregunta, estoy un poco perdida. ¿Sabes dónde está el número 7 de la calle Antonio López?

-Sí, está por… espera, yo vivo ahí, si quieres te acompaño…

La causalidad, esa broma pesada del destino, hizo que la desconocida, Sonia, fuera la próxima inquilina del portal de Pablo.

El paso de vecinos a amigos fue casi instantáneo. De amigos a pareja tardó más pero al final llegó tal como deseaba Pablo.

Los encuentros casuales fueron disminuyendo a favor de una relación estable ¿Qué más casual que su encuentro con Sonia? Pocahontas, Peggy, Buffy y otras de las que ni siquiera sabía su nombre deberían olvidarse del Sargento Pepper.

-¿Recuerdas cómo nos conocimos?-preguntó Sonia tumbada en la cama.

Pablo contestó desde el baño.

-Sí, cariño ¿Cómo lo iba a olvidar? Te confundí con una amiga… Por el paraguas…

Sonia lanzó una estridente carcajada.

-Sí, el paraguas. Me encanta ese paraguas.- dijo Sonia.- ¿Sabes? Me lo regaló mi hermana. Me encanta Hello Kitty ¡Qué susto me llevé una vez! Un día, no se porqué, se lo llevó, en pleno verano, a veces hace cosas raras, y cuando volvió no lo traía ¿A que no sabes dónde lo había perdido?

-No.

-Pues al final lo encontramos en objetos perdidos de Barajas, ya te digo, es rara…

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