Delirios, dilemas y decepciones (Cuarta Parte)

Cuarta parte

El tiempo se me había hecho interminable desde que me dijo que vendría hasta que por fin llegó el día. Verano en Madrid, casi todo el mundo de vacaciones, estudiar para los exámenes de septiembre, darle vueltas a qué pasaría con Pepita… Horas y horas delante del ordenador y pendiente del móvil por si ella daba señales de vida.

    Pepita había cogido una habitación cerca de Callao, una recomendación de una tía monja le había hecho, por lo que quedamos en la parada de metro a las nueve de la noche. Llegué con tiempo, siempre me ha gustado ser puntual, me tocó esperar, esperar mucho tiempo, llamé varias veces: siempre apagado o fuera de cobertura me indicaba la amable locución.

    Varias veces se me pasó por la cabeza volverme a casa, mis paranoias me mortificaban: seguro que no viene, sigue enfadada por lo del hotel de Valencia, no tenía que haberla besado cuando nos despedimos en la estación, etc.

    A las diez menos cuarto apareció por la boca del metro, no puedo describir mi felicidad en ese momento. Mariposas en la barriga, montado en una nube y todos los tópicos cursis sobre el amor que os puedan ocurrir se juntaron en mi cuerpo.

    Cenamos sin pasar por el hostal, estaba hambrienta y la pequeña maleta que llevaba no suponía una gran carga para ser necesario dejarla en la habitación.

    A continuación, aún con el equipaje, fuimos a tomar una copa. Mientras hablábamos de sus planes de futuro en España: venirse a vivir aquí, encontrar un trabajo, dejar a su novio de Barcelona, etc, su expresión cambió, cogió la maleta y sin decir nada se fue al baño. Otra vez mi mente volvió a desorganizar mis ideas: he metido la pata, he dicho algo inconveniente…  Volvió con gesto aliviado, me lo explicó: le había bajado la regla.

    Por fin fuimos al hostal, en contra de lo que yo creía, dejó la maleta, se duchó y nos fuimos otra vez de copas.

    Salimos por la zona de Huertas, era verano y miércoles pero aún así había bastante gente. Empezamos con mi ruta habitual que hacía cuando salía por allí. Primero fuimos al Embabia, allí tomamos unas cuantas copas aprovechando el dos por uno habitual. Un chaval entró a Pepita, estuvo hablando con ella un buen rato mientras yo esperaba al lado de un amigo suyo. Cuando dejaron de hablar y Pepita volvió a mi lado, por fin, me decidí y la besé en los labios, ella correspondió.

    Seguimos de fiesta, besándonos en cada esquina, disfrutando de nuestros cuerpos por encima de la ropa, sintiéndonos, deseándonos. Estuvimos en varios bares más, hasta que nos echaron del último: los bares cerraban sobre las tres y media de la noche.

    – Vamos a mi hotel.- me dijo.

    – Conozco un sitio que seguro que está abierto, vamos a tomar la última.- le dije.

    Con mi orientación habitual y la ayuda del alcohol estuvimos un buen rato buscando el Dreams, un bar-discoteca que abría hasta las seis de la mañana donde yo acababa gran parte de las noches de juerga. Cuando al fin lo encontré estaba cerrado.

    Pasamos lo que quedaba de noche en la habitación del hostal. Por desgracia al tener el periodo no culminamos….

    Después de amarnos y satisfacernos nos quedamos dormidos.

    Nos despertamos sobre las ocho de la mañana, ella tenía la entrevista a las once. Nos duchamos y fuimos a desayunar a un bar cercano al hostal.

    Me despedí de ella, me dijo si podía me llamaría por la tarde para vernos antes de volver al pueblo.

    Yo seguía en una nube, cogí el metro y fuí hasta Aluche para coger allí el cercanías hasta mi casa. Con la euforia y la felicidad decidí ir andando hasta casa, unos veinte minutos.

    Cerca de la puerta del polideportivo de Aluche me pararon un par de mujeres.

    – ¿Tienes un momento para hablar de Dios?- Me preguntaron.

    –  Lo siento, no creo en Dios- dije con voz pastosa y el aliento apestando a whisky y continué mi camino.

    Pero ese día sí creía en Dios, Dios era yo.

Continuará… o no…

[youtube=http://www.youtube.com/watch?v=wa2nLEhUcZ0]

Delirios, dilemas y decepciones (Tercera Parte bis)

Tercera parte bis

      Durante su estancia en su pueblo mantuvimos el contacto por messenger, chat, sms, teléfono. Cada vez me colgaba más de ella. Llamadas por su parte de madrugada, muchas veces ebria, creo que le estaba cogiendo el gusto a las fiestas de pueblo veraniegas y al spanish’s way of life.

    Le propuse ir a su pueblo para pasar el día y así vernos de nuevo: me dijo que no. La excusa: ¿Que le iba a decir a su familia?

    Pepita seguía mal con su cibernovio, pero todavía no se había atrevido a dejarle. Ella tenía claro que quería establecerse una temporada en España, así que empezó a buscar trabajo en Madrid. Un día me dijo que tenía una entrevista, vendría un miércoles por la noche, haría la entrevista el jueves y por la tarde se volvería.

    Continuará…. o no…

[youtube=http://www.youtube.com/watch?v=mzgjiPBCsss]

Delirios, dilemas y decepciones (Tercera Parte)

Tercera parte

    ¿Alguna vez habéis hecho una rotonda en sentido contrario? Pues yo sí, no, no es un metáfora. Los nervios, el alcohol que llevaba encima y una indicación de ahora a la izquierda se aliaron en mi contra en la vuelta de la zona de copas al hotel. Afortunadamente no había tráfico y la glorieta era lo suficientemente ancha para dar la vuelta sin consecuencias graves.

    Una vez llegamos al hotel tocaba reorganizarnos en las habitaciones: Pepita se iría a la habitación de su amigo y yo me quedaría solo en la que la noche anterior ocupamos los dos.

    Mientras ella se duchaba y preparaba para irse a la otra habitación yo me quedé tumbado en mi cama escuchando el Unplugged de Nirvana en mi flamante walkman Sony digital, pagado con uno de esos trabajos puramente alimenticios que tuve mientras estudiaba la carrera, en este caso: profesor de informática de niños, pero eso también es otra historia y quizá también será contada en otro momento.

    Cuando salió del baño en pijama se acercó a mi cama y se tumbó a mi lado.

    – ¿Te importa que me vaya a dormir a la otra habitación?- me preguntó.

    – No, no me importa.- le respondí sorprendido.

    -Vale.- dijo levantándose rápidamente y con gran enfadado

    -Espera, espera un momento- supliqué.

    No hizo caso, recogió sus cosas y salió dando un portazo. Me quedé tirado en la cama maldiciéndome y autoconvenciendome con excusas tontas: que si ella tenía novio, que para estropear una amistad por un polvo. Kurt Cobain no era de mucha ayuda.

[youtube=http://www.youtube.com/watch?v=AhcttcXcRYY]

    El día siguiente continuaba con su enfado, casi no intercambiamos palabra. Volvimos a salir con sus amigos a visitar Valencia. El almeriense recibió una llamada de trabajo: el día siguiente tenía que estar en su puesto de trabajo a primera hora, por lo que recogió sus cosas y se fue esa misma tarde.

    Lo vi como mi gran oportunidad, cuando se fue, le dije a Pepita que ya que eramos dos podíamos dormir los dos en la misma habitación.

    – No, tengo todas mis cosas en la habitación y me da pereza bajarlas, además ya está pagada hasta mañana.- me contestó.

    Lo achaqué a que todavía estaba enfadada conmigo por lo de la noche anterior y lo dejé estar.

    El lunes después de desayunar salimos camino a Madrid en mi coche. Ella tenía que coger un autobús por la tarde que le llevaría al pueblo de su padre.

    El viaje fue tenso, silencioso, de todas las cintas que llevaba sólo le gustaba una: los grandes éxitos de Maná. Le dimos varias veces la vuelta.

[youtube=http://www.youtube.com/watch?v=nBWBSEuzy44&feature=related]

    Llegamos a Madrid, dejé el coche en mi casa y la acompañé a la estación de Conde de Casal. Al despedirnos la besé en los labios.

    Continuará…. o no…

Delirios, dilemas y decepciones (Segunda Parte)

Segunda parte

Un viaje Madrid-Valencia en pleno verano con un coche de más de diez años y sin aire acondicionado no es precisamente la mejor idea que se puede tener. Menos recomendado si cabe salir un viernes a las dos de la tarde. Se me hizo interminable la primera parte del trayecto: en la M-40 atascado, avanzando muy poco a poco, con la única compañía de mis cintas de música, en esa época los reproductores de mp3 para coche eran imaginables.

Afortunadamente tenía una gran colección de cassettes grabados de cd’s originales comprados, regalados, prestados y alquilados (sí, por ese tiempo se compraba la música, se regalaba e incluso se podían pedir prestado en las fonotecas…) Mi principal copiloto fue Lou Reed con sus grandes éxitos.

[youtube=http://www.youtube.com/watch?v=0KaWSOlASWc]

    El camino hasta la A-3 me lo conocía bien, lo hacía a diario para ir a la universidad. Después de dos horas de sudor, aburrimiento y nervios deje mi antigua escuela a la derecha y me incorporé hacia mi destino.

    El resto del viaje transcurrió sin problemas, aproveché para probar mi super Ax en un viaje largo, le pisé a fondo: 140, 150, 160 adelantando camiones, me sentía bien, vivo. Afortunadamente un bandazo provocado por el aire me devolvió a la realidad y me tomé mi vida un poco más en serio.

Por fin llegué a Valencia, había quedado con ellos, Pepita y el almeriense, en la estación de autobús. Los que me conocéis sabéis que mi orientación es prácticamente nula y los gps y teléfonos móviles inteligentes con Gmaps formaban parte de una utopía en esos momentos. Esto unido al caótico tráfico de la ciudad y mi poca experiencia hicieron que diese vueltas y más vueltas hasta que superando mi timidez baje mi ventanilla cuando estaba parado en un semáforo y pregunté. Seguí las indicaciones que me dieron hasta que llegué de nuevo a un semáforo. Mientras esperaba que se abriese el mismo chico que me había indicado, se bajó de su coche, se acercó a mi ventanilla y me dijo que le siguiera que él iba en esa dirección. Respiré aliviado y gracias a él pude llegar al punto de reunión.

Aparqué y fuí al encuentro con mi no correspondida amada. Allí estaban los dos, esperándome. Por fin la vi en persona, la había visto en fotos y por webcam, había oído su voz por teléfono pero no era lo mismo. En ese momento me dí cuenta de que estaba colado hasta los huesos.

No era una chica espectacular, le sobraban algunos kilos, pero si era guapa, y aunque aparentaba más años de los que en realidad tenía por su atuendo y peinado, decidí que era la mujer de mi vida.

Metimos las maletas en el coche y fuimos al hotel. Al ser tres había cogido dos habitaciones dobles para los tres días que íbamos a estar allí. Dos habitaciones, tres personas, obviamente quedaba repartirse: lo echamos a suertes. A mi me tocó dormir con en la misma habitación que Pepita, camas separadas claro. El almeriense no quedó muy contento con el resultado y sugirió que para que no siempre durmiera solo el mismo nos fuéramos cambiando de habitación. La cosa quedó así: la primera noche yo dormiría con Pepita, la segunda noche solo y la tercera con el compañero. Acepté a regañadientes.

Ya con las maletas deshechas y después de cambiarnos, cogimos el coche y empezamos el periplo de visitas de ciberamigos. Estuvimos en la casa de la mejor amiga de Pepita, un chica joven, divorciada y con un chico abandonando la adolescencia. La verdad es que me cayeron muy bien. También conocimos a una pareja que frecuentaba el chat, amigos de su hijo y a otra chica amiga del almeriense. Después de esta ronda de visitas cenamos y fuimos al hotel a dormir. Sí, sólo dormir.

El día siguiente visitamos Valencia en compañía de nuestros ciberamigos reales: la ciudad de la música, el Hemisferic, el cauce del Turia convertido en jardín, etc. He de decir que me gustó mucho.

Por la noche salimos de fiesta siempre acompañados por algunos de nuestros ciberamigos. Pepita le cogió gusto al agua de Valencia y me sacó a bailar, no recuerdo si salsa, merengue o cualquier otro ritmo sudamericano. Mientras bailábamos acercó sus labios a los míos y cuando se iban a unir interpuso un flyer entre ellos.

Continuará…. o no...

El Pelos en Valencia
El Pelos en Valencia

Delirios, dilemas y decepciones (Primera parte)

Primera parte

    Después de mis desafortunadas aventuras con mis amigas chateras, que ya os comenté en una entrada anterior, pasé una temporada maldiciendo a las mujeres y odiándolas.

Seguí frecuentando los chats, aunque prestaba más atención a los juegos de trivial o de cine del IRC-Hispano y a mi nueva afición: el hacking que a las chicas. Aunque esté mal que lo diga yo, he de reconocer que se me daban bien estos juegos y el hacking también. En esa época la seguridad era nula, con unos pocos conocimientos y la colaboración de la víctima era muy fácil colarle un troyano y tener el control total de su máquina. Pero como dicen en la historia interminable: esa es otro historia y será contada en otro momento.

Como es obvio, la cabra siempre tira al monte y no tardé mucho en reanudar mis fallidos intentos de ligues cibernéticos.

    Conocí a Pepita, una agradable chica que vivía en Suiza: sus padres, españoles, habían emigrado en los años sesenta y establecido allí su hogar. Poco a poco fui tomando confianza con ella, hablábamos todos los días hasta altas horas de madrugada La confianza se tornó en complicidad sobrepasando los límites. Me cuesta reconocerlo pero me colgué de ella, está vez sí, no como la vez anterior.

    Ya sabeis como es internet, una chica y miles de moscones, al final ella eligió y no fui el afortunado. Empezó a cibersalir con un chico de Barcelona.

Pepita no tenía nada que le atase a Suiza, le habían echado del trabajo recientemente, no le gustaba el clima y aunque la relación con su familia era buena, quería  reencontrarse con sus orígenes en España.

    Conservaba familia en el pueblo natal de su padre, con la excusa de visitarlos y también conocer a su cibernovio y sus ciberamigos, empezó su periplo por España. La ruta sería la siguiente: primero visita obligada a Barcelona, luego al pueblo de su padre, a continuación Almería (ciberamigos), Valencia (más ciberamigos), Madrid (de paso), vuelta al pueblo y finalmente Suiza.

    Durante su viaje seguíamos en contacto, chat, teléfono y los malditos toques…

    La visita a Barcelona no fue de su agrado, el chico iba demasiado rápido, presentación de padres incluidas, y ella no se veía con él. Pensaba en dejarlo pero no se lo dijo durante su estancia.

    Esto me alegró, dicen que la esperanza es lo último que se pierde. Cuando me dijo que fuera a Valencia a pasar unos días ni me lo pensé. Hacía poco que me había comprado un coche de segunda mano y era la oportunidad de soltarme un poco en un viaje largo.

    Ella saldría de Almería con un ciberamigo que también lo era de su ciberamiga de Valencia. Preparé mi super citroen AX y un viernes por la tarde puse rumbo a Valencia.
Continuará…. o no..

El coche del pelos
El coche del pelos

Rumbo del blog

Hoy hablando con mi particular correctora ortográfica he tenido la siguiente conversación:

Cristina:
cambias el rumbo del blog?
de cuentos a vida personal
yo:
no, sigue siendo una mezcla[…]
te han gustado las últimas entradas]?
Cristina:
sip
aunque personales y melancólicas
yo:
o prefieres los cuentos?
Cristina:
soy más de cuentos

El blog principalmente surgió como un sitio donde publicar mis relatos y en segundo lugar contar mis paranoias. Pero últimamente casi todo son entradas personales.

Y aprovechando que esto permite poner encuestas, os lo voy a preguntar a vosotros:

¿Qué os gusta más los relatos o las historias personales?
[polldaddy poll=6555222]

Personajes de carne y hueso

   Me gusta viajar en transporte público, durante el camino escucho música, leo, miro internet, etc. Mucha gente dice que el tiempo que se tarda en ir y venir del trabajo es tiempo perdido, yo muchas veces lo veo como ganado.

   Ahora mismo tardo en condiciones normales entre cincuenta minutos y hora y diez en cada trayecto. Es de pocos momentos que tengo para mí. Ahí le doy vueltas a mis paranoias, ideo nuevas entradas para el blog, nuevas historias que contar en forma de relato o simplemente me dejo acompañar por la música y/o el libro que estoy leyendo. Otras muchas veces alguien o alguna situación me llama la atención y pasa a formar parte dentro de mi cabeza de mi particular reparto imaginario de un cuento que quizá nunca escriba.

   Escribir (o idear historias) inspirándose en personajes de carne y hueso es sentirse un poco como Dios, un Dios que permite su libre albedrío, muchas veces parece que no siguen el hilo de la historia y me obligan a cambiarla, de una historia romántica puede pasar a ser una historia de terror, de un drama familiar a novela policíaca.

   Muchas veces vuelvo a coincidir con las mismas personas que me han inspirado y no puedo reprimir una pequeña sonrisa recordando la vida paralela que han vivido en mi cabeza.

Pasión en Málaga (Montado en el torrente)

En mi anterior post os he hablado de mi afición a buscarme problemas consciente o inconscientemente como forma de encontrar historias para contar. También os dije que os contaría algunas de estas heridas piadosas y como un Lambea siempre paga sus deudas aquí va la primera:

Era novato en internet, en realidad casi todo el mundo era novato en internet, al menos en España. El ADSL era inimaginable, con nuestros modems de 56k y el Napster, si tenías suerte podías tener una buena colección de mp3 envidia de tus desafortunados amigos que no tenía red en casa. Empezaban las cadenas de mails con presentaciones en power point enviadas por amigos con internet en el trabajo y que no eran conscientes que gracias a ellos ibas a tener la línea ocupada durante unos interminables minutos para al final ver las mismas fotografías de playas, tías en pelotas o cualquier otra cosa, daba igual, en esa época se reenviaba todo. Los chats también empezaron a adquirir cierta importancia.

Empecé a frecuentar un chat, allí conocí a bastante gente virtual. Con algunas personas hablaba más que con otras, especialmente con dos chicas una de Málaga y la otra de Santander. Estoy intentando hacer memoria pero no recuerdo sus nombres, solo el nick de una de ellas.

La de Málaga era muy cría y, aunque puede que me tachen de machista por ese comentario, una gran calientapollas. Se pasaba el día tonteando conmigo, dando toques al móvil (¿os acordáis cuando se puso eso de moda? ¡Qué horror!)

La de Santander también era muy cría pero sus conversaciones conmigo se limitaban a llorar por un novio virtual que se había echado.

Obviamente las dos acabaron siendo las mejores amigas virtuales del mundo y obviamente quisieron afianzar su amistad conociéndose en persona.

La santanderina decidió ir a ver a su gran amiga (Ana, se llamaba Ana, acabo de recordar su nombre) y ahí entré yo.

De camino a Málaga pasaba por Madrid y me pidió que la acompañase. Cuando se lo dije a la malagueña, la verdad es que no mostró mucho entusiasmo, pero ya os he contado mi afición por los problemas: los huelo y voy de cabeza a ellos.

Así que superando mi eterna timidez decidí ir para allá. Siendo sincero Ana ni me gustaba, no la encontraba ningún atractivo, pero ya conocéis los innumerables dichos: Tiran dos tetas más que dos carretas, en tiempo de guerra todo agujero es trinchera, etc. Y tampoco os lo voy a negar estaba salidisimo. (os doy mi permiso otra vez para llamarme machista)

El plan era el siguiente: ella saldría de Santander el Jueves Santo por la noche, llegaría a Madrid el día siguiente por la mañana y los dos cogeríamos un autobús a Málaga. Allí nos reuniríamos con Anita y buscaríamos un hostal o pensión para alojarnos hasta el domingo. Todo perfecto ¿no?

El encuentro y viaje con la santanderina fue un auténtico desastre, creo que intercambiamos tres palabras en las ocho interminables horas en el autobús. No sé si fue por timidez de los dos o porque una vez en persona decidimos que no nos caíamos bien o cualquier otra cosa, pero el caso es que ni palabra.

La llegada a Málaga no fue mejor. Por fin se conocieron las dos grandes amigas y la natural hospitalidad andaluza hizo que Anita le dijera a la santanderina que se quedase en su casa ¿En qué lugar me dejaba eso a mi?

Según Anita: ¿Cómo voy a llevar a un chico que he conocido por internet a mi casa? Mi padre me mata ¿Y qué le digo a mi novio? Además con esos pelos. (Por aquella época yo llevaba el pelo muy largo como podéis ver el la foto que acompaña el relato, no es de ese viaje pero es de otro que hice unos meses más tarde que quizá también os cuente)

Semana Santa en Málaga, busca un sitio para alojarte y que sea barato… Al final dimos con una pensión de mala muerte, diez mil pesetas la noche, compartida con todo tipo de insectos, artrópodos y no sé si algo más.

La estancia, con estos precedentes, como podéis imaginar no fue mucho mejor: las vi un par de veces el viernes y el sábado.

Ese día por la mañana llegó el remate: Chema, el cibernovio de la santanderina, estaba en un pueblo cerca de Málaga y las dos decidieron ir a verlo esa misma tarde. Yo no entraba en los planes de ese viaje.
Me quedaba un día completo para mi solo en Málaga. Un Málaga tomado por procesiones… Reuniendo lo que me quedaba de dignidad, decidí no quedarme en la lubrugue habitación lamiéndome las heridas: fuí al primer centro comercial que encontré y allí me compré el último libro que se había publicado de Stephen King “Montado en la bala” y me metí al cine a ver “Torrente 2: Misión en Marbella”.

El pelos
El pelos

Escapando de la felicidad

    Una de mis frases preferidas es la felicidad no existe, lo que existen son los momentos puntuales felices. La verdad es que no sé de dónde la he sacado, si se la escuché a alguien, la leí o se me ocurrió a mi en un momento de extrema lucidez.

    Los que se pueden decir que me conocen bien saben que he llevado esta máxima hasta las últimas consecuencias. Nunca nada es suficiente, nada dura eternamente, nada te hará disfrutar toda la vida. Quizá por eso, creo que inconscientemente me busco retos o problemas para que la felicidad no sea mi estado de ánimo de referencia.

    Algunos lo pueden considerar una virtud, otros, creo que muchos más, un defecto. Yo sólo sé que de repente, casi sin esperarlo, me encuentro con problemas que me alejan de ella. Como he dicho, la mayoría de las veces creo que es inconsciente, pero no lo voy a negar, otras veces me voy dando cuenta de que estoy cayendo otra vez y aún así sigo y sigo hasta que el problema me explota en la cara. Ya es tarde, sólo queda solucionarlo, al menos intentarlo.

    Gracias a esto me he dado cuenta que aunque todos los problemas tienen solución, no siempre es la que queremos o esperamos. Los buenos sólo ganan en las películas de Disney (en la mía el bueno soy yo).

    Quizá sufrir es lo que nos hace sentirnos vivos, no un sufrimiento como el que predican las mayoría de religiones, no la imagen del mártir en la parrilla o devorado por leones. Vivir aprendiendo aunque sea con sufrimiento.

    Después de muchos años me ha vuelto a dar por escribir, hacer lo que de verdad me gusta: contar historias. No creo que para ser un gran escritor haya que traspasar los límites como hicieron los románticos en su momento, Poe o Bukowski. Pero de lo que sí estoy seguro es que no puedes escribir si no has vivido, sufrido y disfrutando una vez resueltos los problemas… o no.

    En sí contar historias también es un reto para mi, otro problema más, cada vez que me enfrento a la página en blanco intento alimentarla de mis vivencias, de mi estado de ánimo, muchas veces acaban en la historia personas que conozco, quizá tú ahora mismo eres un personaje de la novela que estoy escribiendo, quizá ese momento en el que discutimos o nos emborrachamos y pusimos verde a alguien o intentamos solucionar el mundo a media lengua, quede plasmado.

Porque la vida no sólo es ser feliz, la vida es buscar la felicidad tantas veces como sea posible y eso sólo se consigue viviendo y fracasando.

Nota final: Tengo pensado escribir una serie corta de relatos cortos con vivencias personales a la vez que escribo la novela, más que nada por ir actualizando el blog. No creo que nadie se dé por aludido, son historias del pasado y ya no tengo relación con los demás “personajes”.

Novela deshechada, por ahora

Tenía dos ideas en mente para la novela, de hecho empecé a escribir las dos. La primera que empecé es una historia de ambiente policiaco, cercano a la novela negra, con malos que parecen buenos, buenos que parecen buenos, rubias espectaculares que meten en problemas a los personajes y policías corruptos. La otra es de una fantástica, épica, ambientada en un mundo inventado, con magia y un viaje en busca del sentido de la vida.

    Al final, como hay que decidir por una u otra y aconsejado por mi correctora de estilo particular me he decidido por la primera.

Aquí, sin más dilación (siempre he querido usar esta expresión), os dejo el principio de la segunda, quizá algún día sea el inicio de una gran novela.


    Tras llegar a la sagrada ciudad de Karsar no tuvimos más remedio que pagar el tributo que los guardianes del sumo sacerdote nos solicitaban por hacer noche allí. A cambio de treinta monedas nos darían cobijo, agua y protección dentro de sus murallas. Además de la cantidad entregada en oro tendríamos que hacer el juramento del peregrino que básicamente consistía en prometer lealtad y sumisión al sumo sacerdote durante el tiempo que durase nuestra estancia.

   Mi acompañante, Fedor el viejo, aceptó a regañadientes, sólo nos quedaban cincuenta monedas y muchas jornadas de viaje hasta nuestro objetivo. La guardia nos lo dejó bien claro, extramuros no era seguro y si acampamos allí probablemente no solo perdiéramos toda nuestra fortuna, también nuestro equipaje, la libertad y en el mejor de los casos la vida. Fedor siempre decía que su vida le importaba bien poco, que la muerte le había visitado en incontables ocasiones pero nunca se había atrevido a abrazarle. En ese momento, al ver su cara, me di cuenta de que quizá no era el hombre que había creído.

    Mi padre en su lecho de muerte me hizo prometer que llevaría sus cenizas y las de mi madre a la cordillera de Sutlu. Cinco años aguantó mi madre, todos los días después de cenar me recordaba el juramento que le hice a mi padre. Me repetía: “Cualquier día, te levantarás y yo no estaré contigo, estaré con mi señor, tienes que estar preparado para el viaje” mientras besaba la pequeña urna donde se hallaban los restos de mi padre. La tradición decía que un hombre debe reposar donde nació. Afortunadamente, se permitía que estos restos se incineraransen.

En esos cinco años mis esfuerzos se concentraron en prepararme físicamente para la travesía. Mi débil cuerpo infantil evolucionó hasta convertirse en el de un adolescente fuerte y esbelto, mientras que mi mente se atormentaba con la idea del viaje. A los diecisiete años mi madre dio por acabada mi preparación.