Cuando el infinito está en los ojos de otra persona

Se levanta de la cama ruborizado, siempre hace lo mismo, se tumba con ella, la abraza por detrás aprovechando que duerme de lado, le besa la nuca y sueña con ella, con el ayer. Con su pasado juntos.

Se despierta sucio cuando nota que su pene entra en erección.

Va hacia la ventana, hoy la luna llena ilumina el patio del hospital. Recuerda sus conversaciones vagas sobre el espacio, el universo y las estrellas. El infinito.

Promesas imposibles de cumplir de viajar juntos hasta el infinito.

Se dirige hacia ella, la coloca de nuevo boca arriba. Observa sus párpados cerrados desde hace cinco meses. Los ojos de su amada se empiezan a abrir lentamente. En sus iris puede ver el infinito. Tras diez segundos que le parecen un siglo los vuelve a cerrar.

La vuelve a colocar de lado y se tumba con ella. La besa de nuevo. Cree que mañana podrá decir a los doctores que la desenchufen al fin.

luna

Una historia que olvidar

FEDE (39 años, comercial)

Se esconde debajo del sombrero, para él no es un complemento de moda, ni una protección para su cada vez menos poblado cabello rubio, ni siquiera una prenda que le diferencia del resto del mundo. Es su disfraz, su urna, se siente desnudo sin él.

Lo encontró en una tienda de ropa usada hace cinco años. Raído y sucio.

Desde ese momento es casi imposible verle sin él. Quizá en alguna reunión familiar algún afortunado le ha visto desprotegido… y llorando.

SEBAS (17 años, estudiante)

Suele salir los fines de semana con sus amigos. Beben, desfasan, intentan ligar.

Su madre dice que es un buen chico pero muy alocado, pero está en edad de salir y trasnochar ¿quién no se ha emborrachado y hecho trastadas alguna vez cuando era joven?

FEDE y SEBAS

Fede se acerca a la barra del bar, pide una cerveza y saluda al camarero calándose un poco más el sombrero. Saca el móvil para ver la hora, tiene un mensaje. Ester le ha escrito: llegará a las doce más. “Está bien avisar que vas a llegar tarde una hora después de tenerme otra media hora, muy bien para una primera cita”, piensa.

Coge  su cerveza y se sienta en un taburete cerca de la puerta, si se cansa de esperar y decide irse le pillará más cerca.

Sebas le lleva observando desde que ha entrado, le ha llamado la atención su sombrero. El aburrimiento y el alcohol le proporcionan una genial idea. Se la comenta a sus amigos. Entre divertidos y asustados dos de ellos se acercan a Fede y empiezan a hablar con él. Mientras tanto Sebas se acerca por detrás y le arranca el sombrero. Huye por la puerta, Fede se levanta poseído por el miedo y el odio, se queda mirando a los amigos de Sebas durante un segundo y sale detrás de él.

Le persigue lo más rápido que puede. Sebas cruza la calle esquivando los coches. Escucha un claxon y un frenazo. Para en seco. Gira y ve a Fede tumbado en el suelo, debajo de las ruedas de un automóvil. Todavía tiene en sus manos el sombrero, se acerca al cuerpo inmóvil de su dueño y sin que nadie se de cuenta lo deja a su lado.

Ladrones de sueños

    Sus sueños eran el único camino que le podía hacer escapar de la locura. A través de ellos podía ver sin miedo la triste realidad transformándola en pequeñas perlas de alegría dentro de la patética existencia de un mundo sin esperanza.

Su mentira convertía dolor en placer, llanto en risa, plomo en oro.

Soñar adelantándose a la realidad para que no lo cogiera desprevenido.

Lo que nunca pudo soñar es que existían ladrones de  sueños.

Sombras

    “Sonríe, no, no fuerces tanto, que no se te note que es por compromiso. Bien. Ahora sorprendido. Sí, eso es. Así, perfecto. Ahora apenado, más apenado, vale así está bien.”

    Todas las mañanas repite los mismos ejercicios frente al espejo. Ensaya gestos que simulan alegría, dolor, estupefacción, sorpresa… Regala muecas a su reflejo mientras él los copia sin aparente dificultad. Cuando acaba se acaricia el mentón determinando si es necesario afeitarse. La imagen tiene que ser perfecta, estudiadamente descuidada. Ni un pelo fuera de su desorden antinatural. Acabado el ritual repasa mentalmente las tareas del día. La realidad fulmina su cabeza mientras se desnuda, se vuelve a la cama y decide seguir viviendo con sus sombras.

2012-09-29 00.54.10

El precio lo pongo yo

    Claro que todas las cosas tienen un precio, lo que no sabe mucha gente, o no lo quiere reconocer, es que además todo tiene consecuencias.

    El precio se lo pongo yo, las consecuencias… las consecuencias te las da la vida.

    Muchos lo saben: saben que yo les puedo conseguir lo que quieran. Como aquella zorra: necesitaba matar a su marido, “pero que parezca un accidente”, ideó el plan perfecto: haría parecer  que el pobre hombre se había suicidado. Sólo faltaba un pequeño detalle: ella no sabía hacer un nudo de soga. Me llamó:

    – Tío, me tienes que hacer un favor. – dijo por teléfono.- Tú sabes de todo y si no, sabes cómo hacerlo.

    -Sí, dime- contesté.

    -Necesito que me hagas un nudo.

    -¿Un nudo?

    -Sí, un nudo para una soga, como para ahorcar a alguien…-dijo casi llorando.

    -Ok, pero sabes que todo tiene un precio.- le dije. No suelo hablarles de las consecuencias a mis “clientes”, no podría, no las controlo.

    Vino a mi casa en un par de horas, y en ese tiempo ya era el mayor experto del mundo en nudos de soga. El precio: una mamada.

    Me miró con asco mientras me bajaba la cremallera y mi polla erecta señalaba hacia su boca.

    -¿Quieres el nudo?- le pregunté.- Yo lo veo un precio justo.

    Accedió, me corrí sobre su cara, su pelo. Cuando acabó le dí un beso en la frente y su nudo.

    Ese mismo día me llamó otra amiga, también quería un nudo… A ésta le dije de quedar en el aeropuerto. Nunca me la habian comido en el baño de un aeropuerto, me daba mucho morbo. Soy una persona justa: el precio sería el mismo.

    Justo antes de entrar al baño mi otra amiga me mandó un mail, tenía todo preparado: marido narcotizado y su cuello decorado con un precioso nudo.

    No fue hasta la noche cuando me enteré, por un amigo común, de que el plan perfecto había salido mal. La consecuencia: el marido hijo de puta con una ligera brecha en la cabeza y ella con el espinazo roto, tetrapléjica… No me preguntéis cómo. Son las consecuencias.

    Desde pequeño me dí cuenta de que tenía esta habilidad: pedidme cualquier cosa, yo os la puedo conseguir, pero me lo cobro y no les hablo de las consecuencias.

    La primera vez fue en el instituto: la mejor alumna de clase necesitaba sacar un sobresaliente para ir a una convención en Francia de no sé qué hostias, le hacía mucha ilusión. Muy buena estudiante pero muy insegura. Me pidió que le consiguiera las preguntas del examen. Todo se puede conseguir si conoces a las personas adecuadas. Mi precio: verle las tetas. Las consecuencias: a la convención le acompañó nuestro tutor, éste cautivado por los encantos de mi compañera con ayuda del alcohol la violó. La pobre chica abandonó los estudios, la depresión se apoderó de ella y con ella las ganas de no vivir: se suicidó a los pocos meses.

    Así empezó mi gran historia como conseguidor, mi fama se fue extendiendo: una cantante con talento pero sin contactos, se los conseguí. Precio: el mejor polvo que he echado en mi vida. Consecuencias: tras triunfar con su primer disco llegaron los conciertos, una estructura mal montada, un poco de viento y ahí acabó su exitosa pero breve carrera. Un cadáver bonito sin duda.

    Pensad en todas esas personas famosas de las que se habla que han muerto antes de tiempo: deportistas, cantantes, actores, periodistas… Todas me han pedido algo, todas han pagado mis honorarios: mamadas, pajas, sodomizaciones… y todas han tenido sus consecuencias: accidentes de tráfico, sobredosis, accidentes caseros…

    He de reconocer que me gusta poner el precio, pero con lo que más disfruto es con ver las consecuencias: la vida es una puta muy creativa, nunca sabes como les va a sorprender.

    Soy justo, la vida es justa. Muchas veces me niego a hacer favores a algunas personas, no se merecen las consecuencias. Si no te hago un favor es porque te aprecio, de verdad, no te lo tomes a mal…

* * * * *

“Dos muertos hallados en extrañas circunstancias ”

Redacción Local | Madrid | 14 de Junio de 2014.

    J. F., varón de 32 años y M. A., mujer de 43, fueron encontrados por la asistenta del primero en su casa. Esta a acudir a realizar la limpieza semanal encontró los dos cuerpos desnudos y ahorcados. La policía investiga si se trata de un juego sexual llevado hasta las últimas consecuencias, aunque no descarta otras líneas de investigación.

Casuales

    -¡Espere!- gritó el taxista.

    Kitty paró su carrera bruscamente y giró sobre sí misma, dejando la puerta de la terminal 4 a su espalda. Habitualmente no partidaria de usar taxis pero esta vez el trabajo, como otras muchas veces, se había complicado y el transporte público no era una opción para llegar a tiempo al aeropuerto.

    El conductor le hacía señales desde el interior del coche.

    “¿He pagado?”- se preguntó. Sí, había pagado, en su mano derecha todavía tenía el cambio y el ticket, con las prisas no lo había guardado, colgado de su brazo izquierdo la pequeña maleta donde había guardado su ropa de trabajo. “¿Qué será entonces?”

    Asomado a la ventanilla el taxista agitaba un objeto. Kitty lo reconoció y salió corriendo hacia el taxi.

    -Su paraguas, aunque parece que no lo va a necesitar – la cara del chofer reflejaba una mueca entre sorprendida y burlona.

    Los cuarenta grados a la sombra y el cielo totalmente despejado querían darle la razón.

    -Gracias, nunca se sabe cuando uno de estos va a ser útil- contestó Kitty seria.- Soy un desastre.

    Recogió el paraguas y le dió un euro en agradecimiento.

    -Muchas gracias de nuevo.- Salió corriendo hacia la puerta de la terminal.

    El taxista arrancó el taxi, no sin antes volver a devorarla con la vista. No había empezado mal el día: una carrera hasta el aeropuerto, un euro de propina y una clienta muy provocativa que se había cambiado de ropa en medio de la M-40. De bibliotecaria a chica sexy.

“Esas tetas se merecen una buena paja.”-pensó mientras se le calaba el coche.

* * * * *

    Pepper, nervioso, mira sin parar su reloj, saca el móvil de su bolsillo, lo enciende, mira la hora. Se levanta, estira su camiseta.

    “¿Se verá bien el dibujo?”- se pregunta mientras vuelve a mirar alrededor.- “¿Lo reconocerá?”

    Sigue buscando con la mirada a Kitty. Nada le da una pista de quién puede ser.

    Enciende el móvil de nuevo. Accede a la web y revisa sus mensajes.

    El último de Kitty: “Ok, a las 18:30 en salidas de la terminal 4. Tú el sargento Pepper, eres raro que lo sepas, y yo Hello Kitty. Bss”.

    Sentado ve pasar a docenas, cientos de candidatas a ser Kitty, pero ninguna parece serlo, algunas desea que no lo sean.

    -A sus órdenes, mi sargento.

Una chica rubia, vestida con una camisa blanca casi transparente y unos pantalones vaqueros cortos se cuadra con mueca divertida delante de Pepper. Señala el dibujo de la camiseta, es la portada del disco Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de The Beatles.

-Soy Kitty.- dice mientras agita un paraguas, lleva impreso un dibujo de Hello Kitty.

-Hola Kitty.

Pepper se levanta para darle dos besos. Kitty se retira, se gira y señala hacia los baños.

-Vamos.

Pepper la sigue con la mirada, Kitty se da vuelta y le ordena con sus ojos que le siga.  Obedece y entran en los baños. Ella se dirige al baño de mujeres, él se para. Le vuelve a ordenar con la vista que le siga.

Entran, no hay nadie.  Kitty abre la puerta de un váter, Pepper entra, se queda inmóvil, expectante. Kitty cierra la puerta, rebusca en la maleta, saca una pequeña bolsa y se prepara una raya de coca sobre la cisterna. Mira a Peeper.

-¿Tú no le das?- le pregunta.

    -No…- contesta Pepper

-Ya te dije: eres un tío raro.

Kitty esnifa con ansia. Cuando acaba se abre la camisa dejando ver sus pechos.

-Vamos.

Pepper se acerca lentamente. Kitty le mira con sonrisa burlona, va a su encuentro, busca su boca con sus labios. Sus lenguas juegan al escondite mientras la excitación de sus sexos va en aumento.

Pepper siente los pezones de Kitty en su pecho, los desea, los busca, nota su dureza entre sus dientes. Kitty le aparta, dirige sus dedos hacia las bermudas de Pepper, las baja lentamente: le espera una gran erección, juega con ella, primero con sus manos, después su labios luchan contra ella. Para.

-Tranquilo- le dice mientras se baja el vaquero. Pepper desea su sexo, lo acaricia, humedece sus dedos en su interior. Sus lenguas se vuelven a fundir.

-Vamos- le dice Kitty mientras le da un preservativo.

Pepper, nervioso, se lo pone y empieza el baile de caderas. Se sienten, se aman, se desean, acaban en un abrazo.

Pepper susurra Kitty: “¿Cómo te llamas?”

-Para ti: Kitty- contesta Kitty todavía excitada.

-Ya… Digo… bah, olvídalo.- Pepper la abraza más fuerte.

Kitty al sentir la presión, se revuelve, se zafa, le empuja, se separa de él.

-No lo vuelvas a hacer.- el  deseo de su cara se ha transformado en pánico.

-¿Qué…?- Pregunta Pepper perplejo.

Kitty le abofetea con todas sus fuerzas, una gota de sangre cae del labio de Pepper.

-¡Vete!- grita Kitty.

-¿Qué…?

-Vete o grito que me has violado.- chilla.- Vete…

Pepper se aleja de ella, la mira, está sentada sobre la taza mirando al suelo, se coloca la  ropa, coge su maleta y sale del váter.

* * * * *

Pablo salió corriendo del aeropuerto. “Está loca”, pensaba mientras buscaba un taxi. Su primer día en Madrid estaba siendo de lo más raro: sexo con una desconocida y amenazas de denuncia de violación. Durante el viaje a lo que iba a ser su residencia, no paraba de darle vueltas: “¿Y si me denuncia…? No, no sabe nada de mí, ni siquiera cómo me llamo… ¿Y a través de la web…? ¿Me pueden localizar?”

Lo primero que hizo nada más recoger las llaves fue conectarse a la web, el perfil de Kitty ya no existía, lo había borrado. Suspiró aliviado.

Siguió frecuentando la web de contactos con mayor o menor fortuna: la señorita Pocahontas tenía un culo increíble, repitieron varias veces. Peggy fue un auténtico fracaso, nada más identificarla en el centro comercial cerró su chaqueta escondiendo al Sargento Pepper e hizo mutis por el foro sin ningún remordimiento. Buffy con sus cruces, estacas y toda su parafernalia de cazavampiros, no era muy guapa pero sí muy viciosa. ¡Qué tetas tenía! Para perderse en ellas, dormir y nunca despertar.

No le iba mal: trabajo estable y sexo casual. “La felicidad está en estas pequeñas cosas” se repetía.

El otoño estaba siendo lluvioso, le gustaba caminar bajo la lluvia mientras veía a la gente correr despavorida buscando un refugio, le divertía. En uno de esos húmedos paseos vio un paraguas que le resultó familiar.

-¡Kitty!-gritó mientras corría detrás de él.

El paraguas se giró. Bajo él se ocultaba una chica, Pablo respiró aliviado, no era Kitty.

-Perdona, me he equivocado…-se excusó Pablo- una amiga tiene un paraguas igual.

-Ah, no pasa nada-respondió.-¡Cómo cae! Oye, una pregunta, estoy un poco perdida. ¿Sabes dónde está el número 7 de la calle Antonio López?

-Sí, está por… espera, yo vivo ahí, si quieres te acompaño…

La causalidad, esa broma pesada del destino, hizo que la desconocida, Sonia, fuera la próxima inquilina del portal de Pablo.

El paso de vecinos a amigos fue casi instantáneo. De amigos a pareja tardó más pero al final llegó tal como deseaba Pablo.

Los encuentros casuales fueron disminuyendo a favor de una relación estable ¿Qué más casual que su encuentro con Sonia? Pocahontas, Peggy, Buffy y otras de las que ni siquiera sabía su nombre deberían olvidarse del Sargento Pepper.

-¿Recuerdas cómo nos conocimos?-preguntó Sonia tumbada en la cama.

Pablo contestó desde el baño.

-Sí, cariño ¿Cómo lo iba a olvidar? Te confundí con una amiga… Por el paraguas…

Sonia lanzó una estridente carcajada.

-Sí, el paraguas. Me encanta ese paraguas.- dijo Sonia.- ¿Sabes? Me lo regaló mi hermana. Me encanta Hello Kitty ¡Qué susto me llevé una vez! Un día, no se porqué, se lo llevó, en pleno verano, a veces hace cosas raras, y cuando volvió no lo traía ¿A que no sabes dónde lo había perdido?

-No.

-Pues al final lo encontramos en objetos perdidos de Barajas, ya te digo, es rara…