Cena fría

Salió del coche y  miró hacia la ventana del salón de su casa mientras pulsaba el control del cierre centralizado. ‘Las cosas cambian’, se repitió varias veces mientras andaba hacia el portal. Subió hasta el tercero recordando cuando ella nada más oír el sonido que le indicaba que él llegaba se asomaba a la ventana y se lo comía con los ojos. Ahora ni siquiera se veía luz a través de la ventana.

Intentó entrar en su casa de la forma más silenciosa posible. Fue al salón. Estaba tumbada sobre el sofá. Una manta la cubría de la cabeza a los pies. Sólo los dedos de los pies escapaban a su cálido abrazo. Destapó su cara y volvió a ver junto a sus ojos cerrados las mismas lágrimas que días anteriores. La besó en la frente y la arropó otra vez después de desechar la idea de llevarla en brazos hasta el dormitorio.

La cocina le trajo más recuerdos, miró en la puerta de la nevera, ninguna nota. Nada como: ‘te he dejado la cena dentro del microondas’ escrito dentro un corazón. Cada vez que se encontraba una de estás cuando llegaba muy tarde del trabajo, al día siguiente ella se despertaba con una rosa en la almohada. Recordó un día que estaba enferma, a él no le dio tiempo a preparar el desayuno antes de ir al trabajo, de camino al coche vio a un par de chicos y les dio 6 euros para que le comprasen un café en el bar y se lo subiesen. ‘Tonterías que haces cuando crees estás enamorado’.

‘Las cosas cambian’ pensó otra vez, aguantándose las ganas de llorar.

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Quince meses habían dando mucho de sí: cambio de trabajo, de ciudad, de vida. Cuando llegó a Madrid decidió no hacer vida de ermitaño, saldría, intentaría conocer gente, ir de copas con sus nuevos compañeros de trabajo, disfrutar todo lo que pudiese. No tardó mucho en cambiar de planes, sintió que no encajaba entre la gente de su oficina y sus salidas nocturnas se limitaron a ir al video-club veinticuatro horas.

En uno de sus solitarios paseos por su nuevo barrio entró en la biblioteca municipal. Se hizo el carné. La soledad le empujaba a ir cada vez con mayor frecuencia: un libro le duraba un par de días.

Ya devorados todos los bestsellers, decidió empezar con los clásicos. Shakespeare y Hamlet tendrían que ser una buena elección.

En la portada de esta edición parecía un cuadro: una mujer muerta, ahogada en una especie de riachuelo con flores sobre su cuerpo. Dudó si llevárselo. Abrió el libro y buscó la referencia: Ofelia de Millais.

Levantó la vista y la vio.

–          Perdona, es que te pareces un… mucho a la mujer de la portada.

–          ¿Sí? A ver.

Enrojeció mientras le entregaba el libro.

–          Pensarás que te lo digo para ligar contigo.- dijo mientras pensaba: ‘Vamos chaval, ahora si que te has cubierto de gloria, sólo te falta tartamudear.’

–          Bueno, me han dicho cosas peores- contestó.- Peor hubiese sido que me hubieses pedido que te firmase el libro. Que mal rollo.

Los siguientes días la volvió a ver en la biblioteca. A la semana ya reunió el valor para invitarle a tomar algo. Salieron varios días. Ella también estaba sola en Madrid. Sentía que se estaban enamorando.

De repente un día desapareció, no cogía el móvil, en su casa no contestaba nadie.

Pasó un mes, todavía no se había hecho a la idea de que la había perdido cuando la volvió a ver en la biblioteca. Ella corrió hacia él, le abrazó, le besó ante su sorpresa. Decidieron vivir juntos.

Meses de felicidad, hasta la segunda desaparición.

Una nota en el frigorífico: ‘Te quiero.’ Otro mes sin saber nada de ella.

La volvió a encontrar en la biblioteca. Se mostró frío, pero accedió a seguir adelante con su relación.

–          No te lo puedo decir, no me creerías y no te quiero mentir.- le decía entre sollozos.

–          Desapareces durante semanas ¿y no me puedes decir donde vas?

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Se levantó. Ella no había dormido en la cama. Miró en el salón, tampoco estaba allí donde la había dejado la noche anterior. Corrió hacia la cocina y vio la nota: ‘Muy pronto volveremos a estar juntos. Te quiero’. Arrancó el imán y arrugó el papel. Lloró.

Todas las noches se despertaba sobresaltado, su imagen se apoderaba de sus sueños. La veía como a Ofelia en el arroyo, muerta, cubierta de flores.

Evitó ir a la biblioteca. Tiró su ropa, sus libros. Se planteó cambiar de ciudad, de trabajo, de vida.

Decidió tomarse unos días de vacaciones. Cogió el coche y viajó sin rumbo definido durante horas. Aparcó al lado de un bosque. Caminó entre los árboles siguiendo un riachuelo hasta que la encontró. La cogió entre sus brazos. Sintió el frío de la muerte en su cuerpo. Besó su boca semiabierta. Permaneció horas sentado junto a ella. Lloró, rió, cuestionó su salud mental.

Recogió un papel que flotaba sobre el agua. Leyó la nota y sonrió.

Volvió a su casa lo más rápido que pudo. Bajó del coche y miró hacia la ventana del salón. Cortó una rosa del jardín. Subió hasta su piso, dejó la flor encima de la almohada. Abrió el microondas y sacó un pequeño frasco.