Delirios, dilemas y decepciones (Cuarta Parte)

Cuarta parte

El tiempo se me había hecho interminable desde que me dijo que vendría hasta que por fin llegó el día. Verano en Madrid, casi todo el mundo de vacaciones, estudiar para los exámenes de septiembre, darle vueltas a qué pasaría con Pepita… Horas y horas delante del ordenador y pendiente del móvil por si ella daba señales de vida.

    Pepita había cogido una habitación cerca de Callao, una recomendación de una tía monja le había hecho, por lo que quedamos en la parada de metro a las nueve de la noche. Llegué con tiempo, siempre me ha gustado ser puntual, me tocó esperar, esperar mucho tiempo, llamé varias veces: siempre apagado o fuera de cobertura me indicaba la amable locución.

    Varias veces se me pasó por la cabeza volverme a casa, mis paranoias me mortificaban: seguro que no viene, sigue enfadada por lo del hotel de Valencia, no tenía que haberla besado cuando nos despedimos en la estación, etc.

    A las diez menos cuarto apareció por la boca del metro, no puedo describir mi felicidad en ese momento. Mariposas en la barriga, montado en una nube y todos los tópicos cursis sobre el amor que os puedan ocurrir se juntaron en mi cuerpo.

    Cenamos sin pasar por el hostal, estaba hambrienta y la pequeña maleta que llevaba no suponía una gran carga para ser necesario dejarla en la habitación.

    A continuación, aún con el equipaje, fuimos a tomar una copa. Mientras hablábamos de sus planes de futuro en España: venirse a vivir aquí, encontrar un trabajo, dejar a su novio de Barcelona, etc, su expresión cambió, cogió la maleta y sin decir nada se fue al baño. Otra vez mi mente volvió a desorganizar mis ideas: he metido la pata, he dicho algo inconveniente…  Volvió con gesto aliviado, me lo explicó: le había bajado la regla.

    Por fin fuimos al hostal, en contra de lo que yo creía, dejó la maleta, se duchó y nos fuimos otra vez de copas.

    Salimos por la zona de Huertas, era verano y miércoles pero aún así había bastante gente. Empezamos con mi ruta habitual que hacía cuando salía por allí. Primero fuimos al Embabia, allí tomamos unas cuantas copas aprovechando el dos por uno habitual. Un chaval entró a Pepita, estuvo hablando con ella un buen rato mientras yo esperaba al lado de un amigo suyo. Cuando dejaron de hablar y Pepita volvió a mi lado, por fin, me decidí y la besé en los labios, ella correspondió.

    Seguimos de fiesta, besándonos en cada esquina, disfrutando de nuestros cuerpos por encima de la ropa, sintiéndonos, deseándonos. Estuvimos en varios bares más, hasta que nos echaron del último: los bares cerraban sobre las tres y media de la noche.

    – Vamos a mi hotel.- me dijo.

    – Conozco un sitio que seguro que está abierto, vamos a tomar la última.- le dije.

    Con mi orientación habitual y la ayuda del alcohol estuvimos un buen rato buscando el Dreams, un bar-discoteca que abría hasta las seis de la mañana donde yo acababa gran parte de las noches de juerga. Cuando al fin lo encontré estaba cerrado.

    Pasamos lo que quedaba de noche en la habitación del hostal. Por desgracia al tener el periodo no culminamos….

    Después de amarnos y satisfacernos nos quedamos dormidos.

    Nos despertamos sobre las ocho de la mañana, ella tenía la entrevista a las once. Nos duchamos y fuimos a desayunar a un bar cercano al hostal.

    Me despedí de ella, me dijo si podía me llamaría por la tarde para vernos antes de volver al pueblo.

    Yo seguía en una nube, cogí el metro y fuí hasta Aluche para coger allí el cercanías hasta mi casa. Con la euforia y la felicidad decidí ir andando hasta casa, unos veinte minutos.

    Cerca de la puerta del polideportivo de Aluche me pararon un par de mujeres.

    – ¿Tienes un momento para hablar de Dios?- Me preguntaron.

    –  Lo siento, no creo en Dios- dije con voz pastosa y el aliento apestando a whisky y continué mi camino.

    Pero ese día sí creía en Dios, Dios era yo.

Continuará… o no…

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