Delirios, dilemas y decepciones (Tercera Parte)

Tercera parte

    ¿Alguna vez habéis hecho una rotonda en sentido contrario? Pues yo sí, no, no es un metáfora. Los nervios, el alcohol que llevaba encima y una indicación de ahora a la izquierda se aliaron en mi contra en la vuelta de la zona de copas al hotel. Afortunadamente no había tráfico y la glorieta era lo suficientemente ancha para dar la vuelta sin consecuencias graves.

    Una vez llegamos al hotel tocaba reorganizarnos en las habitaciones: Pepita se iría a la habitación de su amigo y yo me quedaría solo en la que la noche anterior ocupamos los dos.

    Mientras ella se duchaba y preparaba para irse a la otra habitación yo me quedé tumbado en mi cama escuchando el Unplugged de Nirvana en mi flamante walkman Sony digital, pagado con uno de esos trabajos puramente alimenticios que tuve mientras estudiaba la carrera, en este caso: profesor de informática de niños, pero eso también es otra historia y quizá también será contada en otro momento.

    Cuando salió del baño en pijama se acercó a mi cama y se tumbó a mi lado.

    – ¿Te importa que me vaya a dormir a la otra habitación?- me preguntó.

    – No, no me importa.- le respondí sorprendido.

    -Vale.- dijo levantándose rápidamente y con gran enfadado

    -Espera, espera un momento- supliqué.

    No hizo caso, recogió sus cosas y salió dando un portazo. Me quedé tirado en la cama maldiciéndome y autoconvenciendome con excusas tontas: que si ella tenía novio, que para estropear una amistad por un polvo. Kurt Cobain no era de mucha ayuda.

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    El día siguiente continuaba con su enfado, casi no intercambiamos palabra. Volvimos a salir con sus amigos a visitar Valencia. El almeriense recibió una llamada de trabajo: el día siguiente tenía que estar en su puesto de trabajo a primera hora, por lo que recogió sus cosas y se fue esa misma tarde.

    Lo vi como mi gran oportunidad, cuando se fue, le dije a Pepita que ya que eramos dos podíamos dormir los dos en la misma habitación.

    – No, tengo todas mis cosas en la habitación y me da pereza bajarlas, además ya está pagada hasta mañana.- me contestó.

    Lo achaqué a que todavía estaba enfadada conmigo por lo de la noche anterior y lo dejé estar.

    El lunes después de desayunar salimos camino a Madrid en mi coche. Ella tenía que coger un autobús por la tarde que le llevaría al pueblo de su padre.

    El viaje fue tenso, silencioso, de todas las cintas que llevaba sólo le gustaba una: los grandes éxitos de Maná. Le dimos varias veces la vuelta.

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    Llegamos a Madrid, dejé el coche en mi casa y la acompañé a la estación de Conde de Casal. Al despedirnos la besé en los labios.

    Continuará…. o no…

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