Mordisco o trato: Un relato de Halloween

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Trabajábamos en pleno centro de Madrid, muy cerca del congreso de los diputados, muy cerca de Sol, de la zona de bares de Huertas, esto sumado  a que todos los días, incluidos los viernes, no salíamos antes de las seis de la tarde, hacía que muchos fines de semana y vísperas de festivos nos quedásemos por la zona a tomar unas cervezas, copas y lo que surgiese.

En esa época era becario, fumador empedernido, gran bebedor de fin de semana. Tímido, muy tímido, tanto que me costaba hablar con chicas si no iba ebrio, les tenía pánico… Pelo largo, unos kilos de más, nunca he tenido un cuerpo atlético, pero si he tenido momentos en los que mi peso se adecuaba a mi altura. Gafas (algunos días lentillas). Casi seguro que algún amor platónico me rondaba en la cabeza… Más que una persona parecía un tópico.

Ese año Halloween cayó en jueves. Como muchos otros días salimos del trabajo y fuimos a La oreja de oro, un bar de aspecto cutre pero barato, muy barato, ideal para empezar con unos minis y unas raciones, creo que no hace falta que os diga cuál era la especialidad de la casa.

Cintia, una compañera de trabajo, quizá una de las personas más soñadoras e inocentes que he conocido, había quedado con unas compañeras de piso en el garito, mientras esperábamos las cervezas y el calimocho iba haciendo su efecto. Charlie y yo teníamos muchas ganas de conocerlas. Cintia nos las había vendido como si fueran auténticas diosas: guapas, altas, tipazo.  Impacientes empezamos con las copas, JB con coca-cola para mí, ellas seguían sin dar señales de vida.  Después de unos cuantos whiskys, Cintia recibió una llamada: sus amigas estaban en un bar de la cava baja aunque se iban a ir pronto a casa, también en ellas el alcohol estaba haciendo su efecto.

Nos acabamos las copas de un trago y Cintia, Charlie y yo nos fuimos camino al pub donde habían dicho que estaban, el resto de nuestros compañeros, cansados, dijeron que se tomaban algo por Huertas y se iban a casa.

Llegamos, nos las presentaron: no eran una cosa del otro mundo, Cintia tenía demasiado buen concepto de sus amigas, además estaban con un grupo de tíos revoloteando a su alrededor y cuando acabaron sus bebidas se fueron. Cintia se fue con ellas: Bye diosas, bye tíos (ellos se quedaron en el bar aunque  no nos volvimos a dirigir la palabra: ya no había que marcar territorio).

Camino de más alcohol, diversión y chicas nos encontramos con una relaciones públicas disfrazada de bruja. Nos ofreció llevarnos a un bar e invitarnos a unos chupitos. Entre el pedo y que la chica estaba muy bien accedimos. Nos acompañó hasta un sitio decorado de acorde con la fiesta de Halloween. Allí una camarera disfrazada de vampiro nos sirvió los chupitos prometidos.

–          ¿Esos colmillos son de verdad? – preguntó  Charlie.

–          ¿Quieres probarlos? – se abalanzó sobre el cuello de Charlie y le pegó un pequeño mordisco.

Después me miró y me dijo:

–          ¿Y tú quieres también los quieres probar? – le apartó el cabello y me mordió fuerte, sentía sus colmillos, me dolía pero me reconfortaba.

Cuando acabó le dije ahora me toca a mí y le mordí con ganas, disfrutando de mi nueva afición  vampírica recién descubierta.

Al acabar me volvió a morder, está vez más fuerte, la sensación seguía siendo placentera aunque el dolor me obligó a apartar el cuello de su boca.

Poco más recuerdo de esa noche, probablemente no pasó nada más digno de contar. Charlie y yo no hemos vuelto a hablar del tema. Seguramente seguiríamos de copas hasta las tantas sin ligar ni nada y luego como otras muchas veces llegaríamos a casa milagrosamente sanos y salvos.

El día siguiente lo pasé en cama, me encontraba fatal, con fiebre, lo achaqué a la gran cantidad de bebida que habíamos tomado el día anterior, no me acordaba de casi nada, ni de los mordiscos. Solo me levanté a comer un poco y presionado por mi madre.

Cuando pasados dos días ya me encontraba con fuerzas para ponerme en pie, y realizar un poco de vida normal, decidí ir al peluquero y cortarme las greñas, esas greñas que me habían acompañado durante años. Fue una gran sorpresa descubrir cuando el peluquero me recogió el pelo en una coleta ver reflejado en el espejo un gran moratón en mi cuello.

 

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