Novela deshechada, por ahora

Tenía dos ideas en mente para la novela, de hecho empecé a escribir las dos. La primera que empecé es una historia de ambiente policiaco, cercano a la novela negra, con malos que parecen buenos, buenos que parecen buenos, rubias espectaculares que meten en problemas a los personajes y policías corruptos. La otra es de una fantástica, épica, ambientada en un mundo inventado, con magia y un viaje en busca del sentido de la vida.

    Al final, como hay que decidir por una u otra y aconsejado por mi correctora de estilo particular me he decidido por la primera.

Aquí, sin más dilación (siempre he querido usar esta expresión), os dejo el principio de la segunda, quizá algún día sea el inicio de una gran novela.


    Tras llegar a la sagrada ciudad de Karsar no tuvimos más remedio que pagar el tributo que los guardianes del sumo sacerdote nos solicitaban por hacer noche allí. A cambio de treinta monedas nos darían cobijo, agua y protección dentro de sus murallas. Además de la cantidad entregada en oro tendríamos que hacer el juramento del peregrino que básicamente consistía en prometer lealtad y sumisión al sumo sacerdote durante el tiempo que durase nuestra estancia.

   Mi acompañante, Fedor el viejo, aceptó a regañadientes, sólo nos quedaban cincuenta monedas y muchas jornadas de viaje hasta nuestro objetivo. La guardia nos lo dejó bien claro, extramuros no era seguro y si acampamos allí probablemente no solo perdiéramos toda nuestra fortuna, también nuestro equipaje, la libertad y en el mejor de los casos la vida. Fedor siempre decía que su vida le importaba bien poco, que la muerte le había visitado en incontables ocasiones pero nunca se había atrevido a abrazarle. En ese momento, al ver su cara, me di cuenta de que quizá no era el hombre que había creído.

    Mi padre en su lecho de muerte me hizo prometer que llevaría sus cenizas y las de mi madre a la cordillera de Sutlu. Cinco años aguantó mi madre, todos los días después de cenar me recordaba el juramento que le hice a mi padre. Me repetía: “Cualquier día, te levantarás y yo no estaré contigo, estaré con mi señor, tienes que estar preparado para el viaje” mientras besaba la pequeña urna donde se hallaban los restos de mi padre. La tradición decía que un hombre debe reposar donde nació. Afortunadamente, se permitía que estos restos se incineraransen.

En esos cinco años mis esfuerzos se concentraron en prepararme físicamente para la travesía. Mi débil cuerpo infantil evolucionó hasta convertirse en el de un adolescente fuerte y esbelto, mientras que mi mente se atormentaba con la idea del viaje. A los diecisiete años mi madre dio por acabada mi preparación.

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