Pasión en Málaga (Montado en el torrente)

En mi anterior post os he hablado de mi afición a buscarme problemas consciente o inconscientemente como forma de encontrar historias para contar. También os dije que os contaría algunas de estas heridas piadosas y como un Lambea siempre paga sus deudas aquí va la primera:

Era novato en internet, en realidad casi todo el mundo era novato en internet, al menos en España. El ADSL era inimaginable, con nuestros modems de 56k y el Napster, si tenías suerte podías tener una buena colección de mp3 envidia de tus desafortunados amigos que no tenía red en casa. Empezaban las cadenas de mails con presentaciones en power point enviadas por amigos con internet en el trabajo y que no eran conscientes que gracias a ellos ibas a tener la línea ocupada durante unos interminables minutos para al final ver las mismas fotografías de playas, tías en pelotas o cualquier otra cosa, daba igual, en esa época se reenviaba todo. Los chats también empezaron a adquirir cierta importancia.

Empecé a frecuentar un chat, allí conocí a bastante gente virtual. Con algunas personas hablaba más que con otras, especialmente con dos chicas una de Málaga y la otra de Santander. Estoy intentando hacer memoria pero no recuerdo sus nombres, solo el nick de una de ellas.

La de Málaga era muy cría y, aunque puede que me tachen de machista por ese comentario, una gran calientapollas. Se pasaba el día tonteando conmigo, dando toques al móvil (¿os acordáis cuando se puso eso de moda? ¡Qué horror!)

La de Santander también era muy cría pero sus conversaciones conmigo se limitaban a llorar por un novio virtual que se había echado.

Obviamente las dos acabaron siendo las mejores amigas virtuales del mundo y obviamente quisieron afianzar su amistad conociéndose en persona.

La santanderina decidió ir a ver a su gran amiga (Ana, se llamaba Ana, acabo de recordar su nombre) y ahí entré yo.

De camino a Málaga pasaba por Madrid y me pidió que la acompañase. Cuando se lo dije a la malagueña, la verdad es que no mostró mucho entusiasmo, pero ya os he contado mi afición por los problemas: los huelo y voy de cabeza a ellos.

Así que superando mi eterna timidez decidí ir para allá. Siendo sincero Ana ni me gustaba, no la encontraba ningún atractivo, pero ya conocéis los innumerables dichos: Tiran dos tetas más que dos carretas, en tiempo de guerra todo agujero es trinchera, etc. Y tampoco os lo voy a negar estaba salidisimo. (os doy mi permiso otra vez para llamarme machista)

El plan era el siguiente: ella saldría de Santander el Jueves Santo por la noche, llegaría a Madrid el día siguiente por la mañana y los dos cogeríamos un autobús a Málaga. Allí nos reuniríamos con Anita y buscaríamos un hostal o pensión para alojarnos hasta el domingo. Todo perfecto ¿no?

El encuentro y viaje con la santanderina fue un auténtico desastre, creo que intercambiamos tres palabras en las ocho interminables horas en el autobús. No sé si fue por timidez de los dos o porque una vez en persona decidimos que no nos caíamos bien o cualquier otra cosa, pero el caso es que ni palabra.

La llegada a Málaga no fue mejor. Por fin se conocieron las dos grandes amigas y la natural hospitalidad andaluza hizo que Anita le dijera a la santanderina que se quedase en su casa ¿En qué lugar me dejaba eso a mi?

Según Anita: ¿Cómo voy a llevar a un chico que he conocido por internet a mi casa? Mi padre me mata ¿Y qué le digo a mi novio? Además con esos pelos. (Por aquella época yo llevaba el pelo muy largo como podéis ver el la foto que acompaña el relato, no es de ese viaje pero es de otro que hice unos meses más tarde que quizá también os cuente)

Semana Santa en Málaga, busca un sitio para alojarte y que sea barato… Al final dimos con una pensión de mala muerte, diez mil pesetas la noche, compartida con todo tipo de insectos, artrópodos y no sé si algo más.

La estancia, con estos precedentes, como podéis imaginar no fue mucho mejor: las vi un par de veces el viernes y el sábado.

Ese día por la mañana llegó el remate: Chema, el cibernovio de la santanderina, estaba en un pueblo cerca de Málaga y las dos decidieron ir a verlo esa misma tarde. Yo no entraba en los planes de ese viaje.
Me quedaba un día completo para mi solo en Málaga. Un Málaga tomado por procesiones… Reuniendo lo que me quedaba de dignidad, decidí no quedarme en la lubrugue habitación lamiéndome las heridas: fuí al primer centro comercial que encontré y allí me compré el último libro que se había publicado de Stephen King “Montado en la bala” y me metí al cine a ver “Torrente 2: Misión en Marbella”.

El pelos
El pelos

6 respuestas a “Pasión en Málaga (Montado en el torrente)”

    • La vuelta no es digna de contar: volví solo. Hubiese estado genial que el cine hubiese conocido a una chica maja y/o ninfomana pero no, a mi lado se sentó un hombre mayor que no disfruto mucho de la pelicula.

  1. Pingback: Delirios, dilemas y decepciones (Primera parte) « Heridas Piadosas

  2. Todavía me estoy riendo, Paco. Me ha encantado tu relato. Me has hecho recordar esa época de chateo y encuentros traumáticos. Y no me pareces machista. Cuéntanos mas….

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