Walter y Julita

– Julita, ven. Que te hago una canción.

– Ahora no puedo, que se me enfrían los bocadillos.

Todas las noches veía la misma escena desde el balcón de mi apartamento. Walter tocaba la guitarra en el paseo marítimo. Sobre las once menos cuarto Julia pasaba por delante de él y rechazaba su canción.

Julia y yo vivíamos en un bloque de pisos, ella en el segundo y yo en el décimo, el edificio no tenía más inquilinos. Según me contó el agente inmobiliario que me alquiló el piso, era un edificio “vacacional”, esto significaba que durante los meses de temporada baja no tendría muchos vecinos. Los propietarios empezarían a venir en masa a partir de junio para pasar sus meses de vacaciones. Desde que empecé a vivir allí mi única compañera de escalera era Julia.

Teníamos la costumbre de cenar juntos, ella ponía los bocadillos y yo ponía la casa.

– ¿Cuánto te debo de los bocadillos?

– Nada, son regalo de la “malfollaa” de Doña Lucía.

Doña Lucía era la dueña del bar donde trabajaba Julia. Si no estaba “malfollaa”, como decía mi vecina, si que tenía la cara de estarlo. Bueno, si les soy sincero, en ese local hasta los parroquianos parecían estarlo. Las caras largas y la escasez de sonrisas eran el estado natural de “Casa Lucía e hijo”.

Lucio, único hijo de doña Lucía y de su difunto marido, y Julia eran las dos gotas únicas de alegría dentro del mar de amargura que se respiraba en el que según rezaba en la puerta “Pionero en la tortilla de patata con cebolla”

– ¿“Malfollaa”? ¿No se la tiraba el farmacéutico?

– Yo votaría más por el cura, pero claro son rumores. Jejejeje. Ah, esta mañana he estado hablando con la señora María.

– ¿Qué nuevos cotilleos nos trae?

– Nada, me ha estado preguntado que cuando nos casábamos y demás.

La señora María se encargaba de la limpieza de la escalera, no le dábamos mucho trabajo, pero ella fiel a su profesión nos informaba puntualmente de los rumores sobre la gente del pueblo.

– ¿Y qué le has dicho?

– Le he vuelto a repetir que no estábamos liados, que yo tengo gusto.

Julia me atrajo desde el primer momento que la vi, pero ya me lo había dejado claro tantas veces que desistí seguir aplicando la táctica “Steve Urkel” con ella.

– Anda, líate uno – me arrojó un chivato con una piedra de costo y un librillo de papel de fumar.

– ¿De dónde has sacado esto?

– Me lo ha regalado un amigo.

– ¿Regalado?

– Si yo me enrollo con él y él me da chocolate. No me mires así, yo me lío con él porque quiero y él me lo da porque quiere. No pienses cosas raras.

En el cementerio

Julia me fascinaba, todos los días me llamaba por teléfono a la oficina desde el bar. Me hacía reír y me leía el horóscopo.

– Querido piscis: Hoy va a ser un día duro de trabajo, pero tus esfuerzos tendrán sus frutos.

– Y del amor, ¿Qué dice del amor?

– No pone nada, pero ya te digo yo que no te hagas falsas esperanzas.

Decía que era medio bruja, su abuela le había enseñado conjuros y artes adivinatorias, pero nunca conseguí que echase las cartas.

– No quiero saber el futuro de la gente de me importa.

El balcón de mi piso daba al paseo marítimo, el suyo daba al cementerio del pueblo, decía que el mejor sitio para poder ver todos los días a su “yaya”.

– ¿Quieres ver como si soy bruja?

– Sí.

– Baja conmigo al cementerio.

Entramos y ella fue directa a la tumba de su abuela, sacó una navaja y se hizo un corte la palma de la mano. Una gota de sangre cayó sobre la tierra al lado de la lápida.

-¿Y? ¿Esperaba que hicieses un rito, que bailases desnuda delante de una hoguera o algo parecido.

– Mira, mi “yaya” es mi protectora, desde que me dejó todas las noches de luna nueva le regalo una gota mía para que no se la lleven.

-¿Se la lleven? ¿Quién la SantaCompaña?

– La SantaCompaña son cuentos de viejas.

– Mira, me parece una tontería, los muertos muertos están, sales a hacer el rito en luna nueva porque así nadie te ve y nadie más te puede proteger que tu misma.

– Es una opinión.

Walter

Walter seguía intentando sacar nuevas notas a la guitarra pero siempre era la misma canción. Desde el balcón lo invité a cenar con nosotros, Julia había traído bocadillos de sobra.

Subió con su guitarra, le impedimos tocar para nosotros. Una vez acabada la cena y fumándonos nuestros porros de rigor, saqué una botella de ron.

– Esta también es regalo de doña Lucía.

– Brindemos por esa vieja zorra.

Bebíamos, mientras que los mismos acordes de siempre emborrachaban nuestras mentes ayudados por copas. Julia se levantó al tercer brindis.

– Amigos, les tengo que dejar.

– No te marches, vamos a matar la botella. Además te puedes quedar a dormir aquí.

– Si yo ahora me marcho, cuando acabe esta canción, quédese con Miguel – dijo Walter mientras me guiñaba un ojo.

– Mañana me toca abrir el bar, no quiero volver a discutir con la bruja.

Se despidió con un beso al aire.

– Mujeres.

-Si. Mujeres.

Walter siguió tocando durante horas, seguimos con más “regalos” de Julia de parte de de doña Lucia.

– Estas sangrando, deja de tocar.

De las palmas de sus manos goteaba sangre.

– ¿Sabe porque yo estoy así? Por una mujer. Ve estas heridas, me las hice por ella, pero no puedo morir por ella. Estas manos han matado a más de cinco hombres. Todo por la revolución. Algunos de ellos sin necesidad de ningún arma, sólo apretando. Pero no puedo morir por ella, soy un cobarde.

Supongo que sintió el miedo que se apoderaba de mi cuerpo. Me abrazó llorando.

– No temas, tú eres mi hermano. Las FARC son así morir o matar.

Se tomó de un trago lo que le quedaba de cubata.

– He luchado por una idea, he matado. ¿Sabes? yo era letrado allá. Quería mi libertad. ¿Para qué? Soy un guerrero, un defensor de mis compadres- se golpeó el pecho-. Una marioneta. Escapé de allí por una mujer.

– ¿Qué pasó?

– Nunca la volví a ver. Cada uno de estos cortes son recuerdos suyos.

– ¿Tomamos la última para olvidar?

– Sí brindaremos por las mujeres- me miró fijamente-. Hermano, mis manos están acostumbradas a matar, si tú me lo pides estas matarían por ti.

– Deja de decir tonterías y ve a por hielo.

Julia

Marqué su número de teléfono.

-¿Julia?

– Si – una voz triste me respondió.

– Hoy no me has llamado para leerme el horóscopo.

– El tuyo no lo sé, pero sé que el mío me dice que voy a cambiar de trabajo.

-¿Y eso?

– La hija de puta esta me ha echado. Me ha dicho que ha sido por robarle, pero yo sé que era porque se ha enterao que me estaba tirando a Lucio.

-¿Qué?

– Que tonto eres.

– ¡Qué zorra! Me vengaré de ella.

– ¿Tú qué vas a hacer? Aunque te cueste reconocerlo eres una buena persona. Ella ya tiene su maldición, además de la mía y la de la “yaya”.

– ¿No te protegía?

– Si me ha pasado esto es para decirme que ya no la necesito y que ella no me necesita a mí. Pero seguro que ella no dejará las cosas así.

-¿Y que vas a hacer?

– Me voy, aquí ya no tengo nada que hacer. Esto es un pueblo, si me han echado por robar, nadie me va a querer en su bar.

– ¿Y dónde vas?

– Donde me lleve el viento a favor, no lo sé, cogeré el primer tren que pase y donde me lleve.

-¿Puedo ir contigo?

– Querido Piscis: Los astros te recomiendan que ese viaje que has preparado inesperadamente no lo realices. No sacarás ningún beneficio de él.

– ¿Y el amor? – pregunté entre sollozos.

– Los horóscopos son cuentos de viejas.

La señora María, voz del pueblo

– ¿Has estado enfermo?- Nada vas verme tiró la escoba y vino corriendo hacia mi.

– Bueno, un poco.

– Nadie te ha visto en esta semana.

– Quería descansar.

– ¿Entonces no sabes lo de Julia, no?

– Si me dijo que la echaron y que se iba de aquí.

– Deja de pensar en ella, no te convenía.

– ¿Usted que sabe?

– ¿No sabes lo de doña Lucía?

– Si, que la echó.

– Tu amigo Walter, mató a doña Lucia- se santiguó.

-¿Qué?

– Le pillaron dormido en el bar, con sus manos apretando el cuello de doña Lucía, no me extrañaría que Julia le mandase matarla antes de irse. De una persona que robaba en su casa se puede esperar cualquier cosa. Dicen que seguramente Walter y Julia estaban liados y por venganza él la mató.

– No diga tonterías.

– Hijo, sólo digo lo que dicen.

-¿Dónde esta Walter ahora?

– Muerto, la paliza que le dieron cuando le encontraron fue muy fuerte, pero ¿quién va echar de menos a un sudaca de mierda, un delincuente, un asesino? Se me pone la piel de gallina sólo de pensarlo. Sólo Lucio no le dio. Pobrecillo estaba muy afectado. Dicen que va a vender el bar y que se va de aquí. Por cierto, ¿tú sabes algo de un hermano suyo?

– ¿De Lucio?

– No de Walter, dicen que mientras le daban gritaba algo como: “Esto es por mi hermano”.

– Ni idea.

– Bueno, ya se acerca el verano, pronto esto de llenará. A ver si te ennovias con alguna. No es bueno que un hombre esté solo.

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